No pretendo en este artículo enseñar a medir el éxito, entre otras cosas porque ni yo misma sabría por dónde empezar. Pero hay algo evidente en la industria musical actual: parece que el éxito se ha reducido a una imagen muy concreta. Un artista triunfa cuando llena un Arena.
Pero, antes de que esto se pusiera de moda, ¿no existía el éxito acaso?
Hacer un Movistar Arena, un Palau Sant Jordi o un estadio se ha convertido en la nueva definición de éxito. No es solo una cuestión de aforo o de entradas vendidas, es una declaración de estatus. Yo he podido llenarlo, ¿y tú? … Cuanto más grande el recinto, más clara parece la relevancia del artista. Y, en cierto modo, tiene lógica: si miles de personas pagan por verte, algo estarás haciendo bien.
Pero la pregunta importante no es cuánta gente cabe, sino qué significa que quepa.
¿Es el objetivo llegar a cada una de esas personas? ¿O el objetivo es poder decir que has llenado una Arena? Porque hay una diferencia importante entre ambas cosas. Planear un concierto en un gran recinto no es necesariamente un acto de amor al fan, es, ante todo, una estrategia empresarial.
A esto se suma el fenómeno social del que estamos siendo testigos… o víctimas: la histeria colectiva en torno a los conciertos. Hay ansiedad por asistir, por formar parte, por no quedarse fuera. Parece que ya no importa tanto quién actúe; importa que haya un evento.
“¿Hay concierto? Deberíamos ir”.
Y con todo esto, algo cambia en la música. Las salas pequeñas, los teatros, los espacios donde el artista puede ofrecer una experiencia directa, han dejado de considerarse una opción. Ahora quedarse en lo íntimo parece casi un fracaso.
Entonces nos encontramos con un espectáculo cada vez más espectacular: escenarios 360 grados, pantallas gigantes, efectos visuales, producciones de alto nivel. Pero, sin embargo, más se pierde la presencia del artista y ese valor que hicieron posible ese vínculo con su audiencia.
Y no, no quiero romantizar el concepto de artista pequeño que está condenado a tocar en pequeñas salas. Pero debemos volver a la conversación de que el arte no va relacionado con el aforo, el dinero o los seguidores. El problema es establecer un Arena lleno como el único sinónimo de éxito.
El arte, siempre se ha debatido entre ser monumental y, a la vez, íntimo. Pero hoy parece que la balanza se inclina claramente hacia lo primero. Y esto es un síntoma cultural. Refleja una sociedad que mide el valor por la magnitud de las cifras que un artista alcanza.









