En la noche del cine español, los Premios Goya, siempre se repiten ciertos hitos que generan debate: declaraciones polémicas, estilismos básicos o extravagantes, premios que no convencen a todos, etc. Pero este año el foco no estuvo solo en el cine. Estuvo en la alfombra roja. Más concretamente, en quién la pisaba.
La presencia de influencers ha abierto un debate que se ha amplificado en redes tras las opiniones enfrentadas de Javi Hoyos y Nosoloviernes. El primero defendiendo su asistencia como una estrategia de marketing necesaria para atraer público; el segundo cuestionando qué aportan estas personas realmente al sector cinematográfico.
Mi postura ante el tema es muy clara: no deberían asistir salvo que su contenido esté realmente vinculado al cine o que puedan aportar algo real a la industria. Y no se trata de clasismo cultural o de ser conservadora. Se trata de coherencia con la cultura.
El cine español no es un capricho ni un hobby que necesite influencers para sobrevivir. Es una industria en sí misma. Genera empleo, proyecta imagen de país, construye relatos que nos representan y compite internacionalmente. Cuenta con talento técnico, artístico y creativo que va mucho más allá de la alfombra roja.
Sugerir — aunque sea de manera indirecta como hace Javi Hoyos — que el cine necesita influencers para ganar relevancia es, en el fondo, restarle valor. Porque cuando se afirma que su presencia es necesaria para que la gala tenga impacto, el mensaje es que el cine español por sí solo no genera suficiente interés. Y eso no solo es discutible sino que es injusto para quienes trabajan en el sector.
Mientras tanto, técnicos, guionistas, montadores, actores secundarios o profesionales menos mediáticos rara vez tienen asiento en esta gala. Personas que sí forman parte activa de la industria y que, sin embargo, no pisan esa alfombra porque no arrastran millones de seguidores. Sustituir la profesionalidad por cifras en redes sociales no es modernizar la cultura… es mercantilizarla.
Se argumenta que los influencers atraen al público joven. Puede ser. Pero no todo alcance es bueno. Si quienes asisten no hablan de cine, no recomiendan películas, no saben sobre las nominaciones ni generan conversación cultural, su presencia no ayuda en nada.
Y hay algo aún más delicado en juego: el prestigio.
Los Goya no son solo una gala donde lucir vestidos bonitos, son una celebración del cine, del arte. El problema no es abrir la puerta a nuevas formas de comunicación. El problema es abrirla sin criterio.
Si el cine español decide que su estrategia pasa por apoyarse en creadores de contenido para amplificar su mensaje, entonces deben ser creadores especializados en análisis cinematográfico, en crítica, en divulgación cultural. Así la decisión tendría lógica. Están alineados con el propósito del evento.
El debate que han escenificado Javi Hoyos y Nosoloviernes no es realmente sobre influencers. Es sobre la tensión entre cultura y mercado. Sobre si un evento cultural debe adaptarse al número de seguidores de los invitados o apoyarse en aquellos que trabajan en el sector.
La cultura no se defiende cerrando las puertas a nadie. Pero tampoco se fortalece si dejamos entrar a cualquiera. La clave no es si los influencers deben estar o no. La clave es para qué están. Y mientras esa pregunta no tenga una respuesta clara, el debate seguirá reapareciendo cada año.










