El otro día, buceando por TikTok más rato del que debería — como casi siempre —, me encontré con una polémica. No solo una, claro. Ya me entiendes. Pero esta en concreto tenía un trasfondo interesante. Y sin intención de relanzarla, pero tampoco de dejarla pasar, la explico.
Como breve contexto: una creadora de contenido literario, con un gran número de seguidores, se indignó públicamente por no entender el léxico de Cumbres Borrascosas. La reacción general fue de horror ante la decadencia del arte: ¿cómo es posible no comprender un clásico? ¿Es lícito abandonar un libro porque no entiendes algunas palabras? ¿No es precisamente la lectura lo que amplía el vocabulario y mejora la expresión? ¿Si un libro nos hace pensar demasiado, deja de interesarnos?
Entonces la pregunta está clara: ¿está cayendo la calidad exigida en la literatura?
Y la amplío aún más: ¿está descendiendo la calidad exigida en el arte en general?
¿Son los cantantes cada vez más el resultado de fórmulas que hacen imposible distinguir a uno de otro? ¿Se está acomodando el público a series simples que repiten la misma estructura de relaciones adolescentes? ¿Leemos libros solo porque se leen rápido y así podemos sumar otro título a la lista de “leídos este mes”?
Nuestra capacidad de concentración parece cada vez más reducida. Pero, ¿no deberíamos esforzarnos un poco más en combatirlo en lugar de adaptarnos sin más? Series, películas, música y literatura… en todos los ámbitos del arte parece imponerse la regla de lo rápido, de lo masticado. Queremos entender una película en un minuto, captar un disco tras la primera canción o resumir un clásico en un par de frases. Nuestra forma de percibir y valorar las obras ha cambiado. Las que requieren tiempo y paciencia pueden parecer intimidantes o incluso innecesarias. Si un libro no se entiende al instante, algunos consideran que no merece la pena. Y ahí empieza el problema: cuando la rapidez se convierte en criterio de calidad.
El arte empieza a adaptarse al formato digital. Y no siempre para mejorar.
Y no, no todo es negativo. Las redes sociales han democratizado la literatura. Han acercado los libros a nuevas audiencias, han hecho que hablar de ellos sea más accesible y divertido. Eso es valioso. El problema aparece cuando confundimos velocidad con comprensión y popularidad con calidad. El arte no siempre está para gustar a todos o para entenderse a la primera. A veces está para desafiar, para ampliar nuestros límites, para obligarnos a mirar dos veces.
¿Queremos leer rápido o queremos leer bien?
¿Queremos un disco al año o uno creado con conciencia?
¿Queremos veinte películas parecidas o tres que realmente nos conmuevan?
Podemos dejarnos arrastrar por la rapidez y el entretenimiento instantáneo. Es cómodo. Es fácil. Pero también podemos reivindicar la paciencia, la profundidad y la calidad en las obras. Porque el arte no está hecho para correr.
Y quizá, si queremos que el arte siga transformándonos y acompañándonos toda la vida, deberíamos atrevernos a pedirle — y a pedirnos — un poco más de esfuerzo, de calidad y de mensaje.









