Su música parte de una profunda admiración por el flamenco antiguo, aunque no pretende convertir la tradición en una pieza de museo.
María juega con ella, la transforma y la acerca a sonidos electrónicos, urbanos y pop que forman parte de la generación a la que pertenece.
El resultado se escucha a lo largo de las diez canciones de su primer álbum.
En “La Molinera”, por ejemplo, transforma el pasodoble en una pieza con elementos electrónicos y un mensaje dedicado a la mujer. En “Soleá de la otra orilla” conecta el cante antiguo con una vertiente mucho más espiritual, mientras que “Mi Estrella”, producida por Tato Latorre, muestra una de sus caras más cercanas al pop.
Uno de los temas que mejor resume esta mezcla es “Rumba del Porvenir”. Con ecos del flamenco más vintage y una inevitable conexión con aquel universo sonoro que popularizaron Las Grecas, la canción despliega una de las facetas más luminosas de la artista y se ha convertido en una de las principales cartas de presentación del disco.
Pero Entre dos mundos también deja espacio para canciones más reflexivas, como “A los poetas”, y para momentos concebidos para subir la temperatura del directo, entre ellos “Mi gitano” o “Calle Gracia”.
Esa dualidad musical también aparece en la propia personalidad de María. La espiritualidad y la fe tienen un peso importante en su manera de entender la vida, al mismo tiempo que su discurso reivindica el papel de la mujer, el empoderamiento y la igualdad.
Y detrás de todo ello hay una historia de perseverancia que explica buena parte de lo que hoy transmite sobre el escenario.
María comenzó a trabajar muy joven. Con solo 16 años viajó a Francia para recoger fresas y desde entonces su camino ha estado construido a base de trabajos, tablaos, actuaciones en la calle, colaboraciones y proyectos compartidos mientras intentaba hacerse un hueco en la música.
Antes incluso de pensar en un disco propio ya había cantado saetas, recorrido las calles del Albaicín y pasado por diferentes escenarios flamencos. Más tarde llegó Cádiz y con ella el contacto con nuevas influencias que terminarían ampliando su lenguaje musical.
A lo largo de ese recorrido ha participado en proyectos como ‘Tierra de los niños’, ha grabado junto al guitarrista Jerónimo Maya en una juerga de Solera Flamenca, ha formado parte del dúo Calimbrero y ha acompañado sobre los escenarios a Rocío Molina.
Todo parece desembocar ahora en el mismo lugar.
Después de años interpretando, experimentando y buscando su propia voz, María del Tango tiene por fin un disco que lleva únicamente su nombre y una gira en la que podrá enseñarlo sin intermediarios.
“Entre dos mundos” no es solo el título de un álbum: es el lugar artístico que María del Tango ha decidido ocupar. Entre lo antiguo y lo contemporáneo, entre la espiritualidad y la reivindicación, entre la artista que soñaba con vivir de la música y la mujer que finalmente está comenzando a hacerlo.
Ahora llega el momento de comprobar cómo cobra vida todo ese universo sobre un escenario. ¿Será 2026 el año en el que María del Tango dé definitivamente el salto hacia un público mucho más amplio?










