Una premiere, un photocall, una mujer, un cuerpo. Y entonces, una nueva polémica en redes sociales. Esta vez, una que lleva tiempo gestándose y que resulta especialmente interesante de analizar. Porque, aunque el foco vuelve a ponerse — una vez más — sobre un cuerpo femenino, esta vez lo hace desde la alarma social.
La protagonista del debate es Alexa Demie, icono de Euphoria y, durante años, referente de una belleza magnética, distinta, casi perfecta. Su reciente aparición en la premiere de la tercera temporada ha sido el detonante. No por un estilismo concreto ni por una declaración polémica, sino por algo más inquietante: su extrema delgadez y unos rasgos faciales que muchos atribuyen a una posible bichectomía — intervención estética que afina el rostro mediante la extracción de grasa de las mejillas —.
El cambio ha generado una reacción dividida. Para algunos, rompe con esa belleza icónica que la definía. Para otros, construye una nueva estética, más cercana al rostro sad girl. Y para una gran mayoría, que defiende la libertad individual sobre el propio cuerpo, lo que queda es una sensación de preocupación. No tanto por la decisión personal, sino por la dirección hacia la que parece avanzar la estética, especialmente la femenina.
Porque lo que está en juego no es solo una imagen, sino lo que esa imagen representa. No está en cuestión la imagen de Alexa Demie, sino la de todas aquellas personas que pueden verse influenciadas por referentes que proyectan una estética cada vez más irreal, conseguida por intervenciones o métodos perjudiciales para la salud.
Durante los últimos años, parecía que la industria avanzaba hacia una mayor diversidad corporal. Se hablaba de inclusión, de romper cánones, de ampliar el concepto de belleza. Sin embargo, desde hace un tiempo, la sensación es que, en realidad, no hemos avanzado tanto. O peor aún, que estamos retrocediendo.
Y aunque pueda sonar un poco excesiva, hay una frase que se ha repetido en redes: “Al parecer, en Hollywood está prohibido pesar más de 38 kg”. No es una afirmación literal, claro. Pero sí una crítica cargada de ironía que refleja la frustración de quienes ven estos cambios y sienten que es imposible parecerse, ni siquiera mínimamente, a unos cuerpos construidos a base de intervenciones, dietas restrictivas y estándares que rozan la perfección.
Todo esto evidencia que, a pesar de los esfuerzos sociales y culturales, la presión sistémica sobre los cuerpos — especialmente los femeninos — sigue existiendo. Son muchos los casos de cuerpos que representaban esa diversidad corporal y que han acabado diciendo a esa presión, convirtiéndose en esa imagen perfecta que siempre han querido ser.
Y no, no se trata de señalar ni de juzgar decisiones individuales. Nadie conoce las razones que hay detrás de un cambio físico. Pero sí es legítimo cuestionar el contexto en el que esos cambios se repiten. Porque cuando múltiples figuras públicas comienzan a mostrar transformaciones y todas ellas están bajo el mismo prototipo — delgadez extrema, rostros cada vez más finos, caras supuestamente lavadas, clavículas marcadas — deja de ser un fenómeno individual para convertirse en una tendencia colectiva.
Entonces, ¿estamos volviendo a una era en la que la delgadez extrema vuelve a estar de moda? ¿No hemos aprendido nada de épocas y tendencias anteriores? Está claro que la moda es cíclica, pero no deberíamos olvidar lo dañino que es este fenómeno.
Este retroceso también se manifiesta en algo que, perdón si suena banal, pero es bastante claro. Y es la forma en la que se espera que las mujeres se maquillen actualmente. Ya no se busca a una mujer con maquillaje exagerado, que juegue con las sombras o que lleve un eyeliner potente. La tendencia actual no permite un maquillaje visible o creativo porque ahora lo correcto es la “naturalidad”. Pero esa naturalidad no implica libertad, no nos equivoquemos. No, porque se exige naturalidad, pero tampoco sin mostrarse reales. Es decir, no está permitido salir con ojeras, granos, arrugas, etc. El resultado es la contradicción de que hay que ir maquillada, pero sin que se note.
La historia de la moda y el cine ya ha pasado por ahí. Y las consecuencias fueron devastadoras, incluyendo los trastornos alimentarios normalizados, la autoestima por los suelos y las generaciones enteras midiendo su valor en kilos y centímetros de cintura. Esconderse tras frases como “que cada uno haga lo que quiera” puede convertirse, en este contexto, en una forma de mirar hacia otro lado.
Porque lo que está ocurriendo no es algo puntual sino que es un reflejo. Y este reflejo, deja claro que como sociedad estamos dejando mucho que desear. La vuelta de una estética que premia la delgadez extrema es preocupante porque puede dejar de ser un estándar para convertirse en algo aspiracional.










