Muchos estamos contentos porque se vuelve a pedir autenticidad en las redes sociales, pero sería utópico pensar que estamos cerca de conseguirlo. Mientras unos luchan por crear un espacio en internet más real y seguro, otros siguen cobrando por mentir de la forma más estética posible.
Un influencer vive de colaboraciones, tenemos que asumirlo. Y no, nadie espera que hagan publicidad gratis. El problema del que hablamos hoy no es cobrar por una publicidad, sino fingir que no lo estás haciendo.
La ley dice que las colaboraciones deben indicarse de forma clara. Es decir, de forma visible. Sin embargo, cada día vemos la palabra publi escondida entre hashtags, camuflada en el color del fondo y escrita en tamaño microscópico durante medio segundo. No sé si algunos de estos creadores de contenido piensan que la normativa es simplemente una sugerencia y no una obligación legal.
Hay mucho peligro en que la publicidad no parezca publicidad.
El consumidor debe ser consciente de que no está teniendo una conversación casual con un influencer. No, no es una recomendación honesta nacida de un me preguntáis muchísimo por esta crema. Y no, no te está poniendo un enlace para ayudarte a mejorar tu pelo. Todo está estudiado, todo tiene un contrato detrás. Lo preocupante es que no son pocos los que hacen este juego sucio.
¿Son conscientes de que están engañando a sus queridos seguidores?
Cuando una actriz aparece en un anuncio de perfume en televisión, entendemos automáticamente que existe un contrato detrás. Nadie piensa que escogió ese perfume por ser el mejor del mercado. Pero cuando una creadora dice llevo usando esto meses desde su habitación, el espectador procesa el mensaje de otra forma, generándole más confianza en ese producto.
Cuanto más invisible es el anuncio, más efectivo resulta. Especialmente cuando quienes consumen ese contenido son adolescentes.
Y eso que las normativas sobre publicidad digital son cada vez más claras y estrictas pero, al parecer, para muchos creadores hacer publicidad les resta cercanía. Deberían entender que los consumidores no somos tontos y que nos damos cuenta del engaño. Y justo eso es lo que les resta cercanía. No solo eso, también transparencia, moralidad y fiabilidad.
Están promocionando productos que ni siquiera han probado, sus rutinas favoritas cambian cada semana según el contrato de turno e incluso hay creadores siendo pillados criticando en privado aquello que promocionan públicamente. Pero mi favorita siempre será la de los influencers que venden los productos que les envían en Vinted o plataformas similares.
¿Entonces qué estás vendiendo exactamente? ¿Tu opinión o tus valores?
Se ha normalizado un nivel de cinismo que convierte las redes sociales en un lugar donde acabas sintiéndote estafado en cada perfil.
¿Pero qué se hace para evitar estas situaciones? Existe una sensación de intocabilidad en la élite digital porque, en cierto modo, la hay.
La diferencia es que una empresa tradicional puede recibir multas serias por publicidad engañosa. Un influencer, en cambio, muchas veces solo recibe un par de críticas.
Y eso es lo que debería cambiar… porque cualquier industria que mueva millones y afecte especialmente a públicos jóvenes necesita regulación y consecuencias reales. Si ocultar publicidad o engañar deliberadamente sale gratis, ¿de qué sirven entonces las normativas?










