Inicio / LA COLUMNA DE NEUS / ¡Estamos hartos de los influencers!

¡Estamos hartos de los influencers!

En un mundo donde la vida es cada vez más precaria, internet debería —como lo fue en su momento— ser un refugio, un espacio de desconexión o incluso de inspiración. Pero desde hace un tiempo ocurre justo lo contrario. Es entrar en redes y sentir frustración. Se ha convertido en una experiencia frustrante porque lo que vemos, una y otra vez, son vidas perfectas y contenido cada vez más vacío. Vidas que no solo parecen inalcanzables, sino que lo son. Y aquí empieza la saturación en redes sociales de la que tanto se está hablando últimamente.

Cada vez hay más influencers y no es solo una cuestión de cantidad, sino del tipo de contenido que están generando. Muchos no aportan un valor real más allá de mostrar lo guapos que son, los festivales a los que van y los viajes pagados que hacen. Sobre todo, publicidad —que, por cierto, rara vez realizan conforme a la ley—. Todo es consumismo: qué hacen, qué compran, dónde viajan. Contenido que gira en torno a ellos mismos y que, si lo piensas profundamente, plantea una pregunta: ¿quiénes son estas personas y por qué debería importarme lo que hacen?

El problema no es que exista ese tipo de contenido. El problema es que lo estamos premiando. Mientras damos visibilidad a este tipo de creadores, otras personas —con talento, con ideas, con mensajes que sí podrían aportar algo a la sociedad— quedan fuera. No porque no sean interesantes, sino porque no encajan en lo que funciona. Porque el alcance se construye a base de belleza, vídeos cortos, efectos de sonido y polémicas. Y ahí es donde nuestra responsabilidad como consumidores tiene que entrar en juego más fuerte que nunca.

Porque sí, es más fácil consumir lo superficial y lo que es fácil de comprender. Es rápido, es visual, no exige esfuerzo. Pero, a la larga, ese consumo tiene consecuencias. No solo en cómo afecta a nuestra inteligencia, a nuestra capacidad de atención o a nuestros valores. Es normal que, estando cansados por la frustración que nos generan los problemas de nuestra vida cotidiana, nos refugiemos en contenido entretenido y sencillo. 

¿Dónde queda la gente con talento? Estamos, de alguna manera, empujando a un lado a quienes tienen algo que decir o mostrar. En cambio, estamos premiando a personas que ganan cantidades exageradas de dinero por contenido que no aporta nada.

Y esto no significa que todos los influencers sean iguales. Ni mucho menos. Hay casos que demuestran que otra forma de hacer las cosas es posible. Un ejemplo es Carlos Peguer, que en varias ocasiones ha hablado abiertamente de sus privilegios. Lejos de ocultarlos, los reconoce, los pone en contexto y es consciente de que su situación no responde únicamente a su esfuerzo.

Aquí es donde parte de la responsabilidad deja de ser solo del consumidor y pasa también a los creadores. Porque no se trata de demonizar el éxito ni de negar que hay personas que, aunque con un mensaje plano, aportan entretenimiento o diversión. Pero sí importa cómo se gestiona esa situación de privilegio. Si ese estatus se utiliza para construir una idea de vida perfecta que ignora las desigualdades, o si, mientras disfrutas de esos privilegios, decides aportar algo a quienes te siguen.

El problema aparece cuando alguien con millones de seguidores muestra una vida de lujo como si fuera la consecuencia lógica del trabajo duro, sin mencionar las oportunidades, los contactos o las circunstancias que han influido en ese camino. Ahí es donde el discurso deja de ser inspirador y pasa a ser engañoso.

También hay que ser justos. No todo el contenido tiene que ser profundo o transformador. No todo tiene que cambiarte la vida. El entretenimiento también es válido e, incluso, necesario. Pero una cosa es entretener y otra muy distinta es fomentar el consumismo, la belleza irreal y discursos sin conciencia de clase. No podemos consumir ese contenido como si fuera inocente.

Por eso, más que dejar de seguir a todo el mundo, lo que necesitamos es empezar a consumir con criterio. Elegir mejor. Preguntarnos qué nos aporta lo que vemos, cómo nos hace sentir y si realmente queremos seguir reforzando ese tipo de contenido. Y también exigir más.

Porque alguien que tiene visibilidad tiene una responsabilidad. No necesariamente de educar o de cambiar el mundo, pero sí de ser consciente del impacto que genera. De no construir discursos vacíos que refuercen desigualdades o frustraciones innecesarias. Mostrar una vida cómoda no es el problema. El problema es hacerlo sin contexto y sin honestidad.

Porque, al final, cada like, cada visualización, cada segundo que pasamos mirando ciertos perfiles es un voto. Un voto a favor de qué tipo de mundo queremos construir y qué tipo de personas queremos convertir en referentes. Y desde hace tiempo, estamos votando por un contenido donde importa más parecer que ser, donde los bailes tapan al talento y donde la apariencia se vende como mérito.

Pero eso puede cambiar. Debe cambiar.

La pregunta ya no es solo qué están haciendo los influencers, sino ¿qué estamos haciendo nosotros para que sigan manteniendo esa posición en redes?

Etiquetado:

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.