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“Sin Filtro” nace desde la necesidad de compartir, de opinar y de señalar lo que me parece bien o mal. No pido tu permiso, ni tampoco tu aprobación. Aquí no vengo a quedar bien. Vengo a decir lo que pienso.
¿Todo vale por dinero?
Hay decisiones profesionales que puedo entender por un proyecto deportivo, otras por una necesidad personal y algunas, simplemente, por dinero. Y luego están esas decisiones que nos obligan a mirar hacia atrás y preguntarnos si todo aquello que defendías sigue teniendo el mismo valor cuando aparece un contrato encima de la mesa.
Esther González ha fichado por el Al Qadsiah de Arabia Saudí.
Sí, Arabia Saudí.
Y no, a mí el problema no me parece que una futbolista cambie de club, de país o de liga. Faltaría más. El problema aparece cuando durante años has formado parte de un fútbol femenino que ha reclamado visibilidad, igualdad, libertad y derechos, y terminas aceptando jugar en un país cuya realidad respecto a muchos de esos derechos está a años luz de aquello que representa esa lucha.
Y entonces yo me hago una pregunta bastante incómoda.
¿Todo vale por dinero?
Esther es libre de jugar donde quiera. Absolutamente.
Y yo también soy libre de señalar la contradicción.
Arabia Saudí lleva años utilizando el deporte como uno de sus grandes escaparates internacionales. Grandes estrellas, grandes eventos, grandes contratos y ahora también una apuesta creciente por el fútbol femenino.
Todo muy moderno.
Hasta que rascas un poquito.
Las mujeres continúan sufriendo discriminaciones recogidas en la propia legislación saudí en cuestiones fundamentales de su vida. La situación de las personas LGTBI tampoco se parece precisamente a ese escenario de libertad y visibilidad que durante tantos años hemos reclamado desde Europa.
Y aquí es donde yo veo un elefante gigantesco en mitad de la habitación.
Porque Esther González no es solamente una futbolista campeona del mundo. Es una mujer que ha vivido públicamente su realidad familiar y que pertenece a un colectivo cuya visibilidad importa.
Por eso a mí me resulta inevitable preguntarme qué significa aceptar ahora este destino.
Y hay otro detalle que hace todavía más incómoda toda esta historia.
Después de conocerse su fichaje por el Al Qadsiah, varios medios han informado de la desaparición en sus redes sociales de fotografías en las que aparecía junto a su mujer y su hijo.
Desconozco por qué lo ha hecho.
Y precisamente por eso no voy a inventarme una explicación.
Pero preguntarme por ello sí puedo.
¿Por qué ahora?
Qué casualidad tan inoportuna.
Porque si para entrar en determinado mercado tienes que guardar en un cajón una parte de aquello que eres —si ese fuera el motivo— quizá el contrato sea estupendo, pero a mí el precio empieza a parecerme bastante más caro que la cifra que aparece escrita en él.
Y aquí es donde algunos me sacarán la carta comodín:
«Es su vida.»
Por supuesto.
«Es su carrera.»
También.
«Tiene derecho a ganar dinero.»
Todo el del mundo.
Pero para mí los referentes públicos tienen una particularidad bastante puñetera: sus discursos también generan memoria.
No puedes pedirme que valore la visibilidad cuando la necesitas y pretender que después olvide tus palabras cuando llega una decisión que parece chocar frontalmente con ellas.
O sí puedes.
Lo que no puedes exigirme es que haga como si no viera la contradicción.
Durante años he escuchado —con razón— que el fútbol femenino era mucho más que fútbol. Que aquellas jugadoras estaban abriendo puertas para las niñas que venían detrás. Que la visibilidad importaba. Que los referentes importaban. Que había que luchar para que una niña pudiera crecer sabiendo que podía ser futbolista, formar la familia que quisiera y vivir sin esconder quién era.
Perfecto.
Lo compro.
Pero entonces habrá que comprar también la otra parte.
Para mí, los valores no pueden funcionar únicamente cuando salen gratis.
Es muy fácil defender determinadas causas cuando el aplauso está garantizado. Para mí, la verdadera medida llega cuando mantenerlas significa renunciar a algo.
A prestigio.
A comodidad.
A oportunidades.
O a mucho dinero.
Ahí es donde descubro cuánto pesaban realmente las convicciones.
Y en el caso de Esther hay algo que a mí me hace todavía más difícil mirar hacia otro lado.
Porque Esther González era una de las capitanas de aquella selección española campeona del mundo.
No era una espectadora que pasaba por allí.
Cuando estalló el caso Rubiales tras el beso no consentido a Jenni Hermoso, Esther estuvo entre las 23 campeonas del mundo que firmaron el comunicado en apoyo a su compañera. Un escrito que hablaba de dignidad de las mujeres, reclamaba cambios estructurales y anunciaba que las firmantes no volverían a la selección mientras continuaran los entonces dirigentes.
Y me pareció bien.
Es más:
me pareció necesario.
Porque aquello iba precisamente de eso.
De mujeres plantándose.
De compañeras apoyándose.
De decir que determinadas conductas no podían normalizarse.
De dignidad.
De respeto.
De cambiar estructuras.
De demostrar que ganar un Mundial no significaba tener que callarse después.
Y Esther estuvo ahí.
Como tenía que estar.
Por eso ahora me cuesta todavía más entender determinadas cosas.
Porque yo no puedo separar aquella Esther de esta nueva Esther.
No puedo aplaudir que una capitana levante la voz cuando considera que los derechos y la dignidad de una mujer están siendo vulnerados en España y después fingir que no veo ninguna contradicción cuando esa misma futbolista decide continuar su carrera en Arabia Saudí.
Lo siento.
A mí las cuentas no me salen.
Y cuidado: no estoy diciendo que ambas situaciones sean iguales, porque no lo son.
Estoy hablando de algo bastante más sencillo.
Coherencia.
Si la dignidad de las mujeres merece que plantes cara a una Federación, también debería importarnos preguntarnos qué ocurre con la dignidad y los derechos de las mujeres en el país que ahora te paga el sueldo.
Si hablamos de igualdad aquí, hablemos también de igualdad allí.
Si hablamos de libertad aquí, hablemos también de libertad allí.
Y si hablamos de visibilidad, entonces hablemos de visibilidad siempre.
No solamente cuando resulta cómoda.
Porque los derechos humanos tienen una costumbre bastante molesta: no entienden de fronteras ni deberían entender de nóminas.
Y hay otra ironía que a mí me resulta especialmente difícil de ignorar.
Antes de aquel Mundial, Esther, como una de las capitanas de la selección, participó precisamente en la negociación de un acuerdo con la Federación para mejorar la conciliación familiar de las futbolistas durante el torneo.
Familia.
Conciliación.
Derechos.
Visibilidad.
Palabras importantes.
Palabras que significan cosas.
Por eso, cuando ahora me pregunto qué valores queremos transmitir a quienes vienen detrás, no estoy construyendo un argumento artificial.
Estoy utilizando exactamente el terreno sobre el que ellas mismas decidieron levantar su discurso.
Y vuelvo al mismo sitio.
Esther González tiene derecho a jugar en Arabia Saudí.
Por supuesto.
Pero yo también tengo derecho a recordar lo que defendió cuando llevaba el brazalete de capitana de España y preguntarme si aquellos principios siguen pesando lo mismo ahora.
Porque defender unos valores cuando tienes un micrófono delante está muy bien.
Lo realmente complicado es defenderlos cuando tienes un contrato delante.
Y no, tampoco estoy exigiendo a Esther González que arregle Arabia Saudí ella sola. Sería absurdo. Ni creo que una futbolista tenga que solucionar los problemas de un país ni voy a colocar sobre sus hombros semejante responsabilidad.
Estoy hablando de coherencia.
Nada más.
Y nada menos.
También puedo escuchar el argumento de que la llegada de grandes futbolistas puede ayudar a desarrollar el fútbol femenino saudí y abrir caminos para las mujeres del país. Es un argumento legítimo y merece ser escuchado.
Pero tampoco voy a convertir cada cheque saudí en una misión humanitaria.
Que ya somos mayorcitos.
Si ese es realmente el objetivo, estupendo. Ojalá su presencia sirva para que muchas niñas saudíes tengan referentes, jueguen al fútbol y conquisten espacios que antes tenían cerrados.
Pero entonces me gustaría que se explicara.
Que hablara.
Que diera la cara.
Que nos contara cómo concilia esa decisión profesional con los valores que tantas veces rodean al fútbol femenino.
Porque para mí el silencio también comunica.
Y esta historia tiene además un giro especialmente llamativo. El pasado 27 de julio, Gotham FC anunció la rescisión de mutuo acuerdo del contrato de Esther explicando que la futbolista se apartaba temporalmente del fútbol para atender asuntos personales en España. Menos de un mes después conocemos su incorporación al Al Qadsiah.
Las circunstancias personales pueden cambiar. Naturalmente.
Pero a mí preguntas me deja unas cuantas.
Esther tiene todo el derecho del mundo a aceptar ese contrato.
Y yo tengo exactamente el mismo derecho a preguntarme qué queda de determinados discursos cuando aparece una oferta suficientemente atractiva.
Porque quizá el problema no sea Arabia Saudí.
Quizá el problema sea que nos hemos acostumbrado a que los principios tengan letra pequeña.
Defendemos la igualdad, salvo que…
Defendemos la visibilidad, excepto cuando…
Defendemos los derechos, pero si la cantidad es suficientemente buena…
Entonces hablamos de «decisiones profesionales».
Qué maravilla.
Las palabras son gratis.
Los principios, por lo visto, tienen precio..
Y cuando Esther González vuelva a hablar de familia, igualdad, visibilidad o derechos —porque probablemente lo hará— yo recordaré este momento.
No para decirle cómo tiene que vivir.
No para decidir dónde puede trabajar.
Sino para hacerle una pregunta muy sencilla:
¿Dónde termina una decisión profesional y dónde empieza la renuncia a aquello que decías representar?
Yo todavía no tengo clara la respuesta.
Pero hay otra pregunta que me inquieta bastante más.
¿Qué valores queremos transmitir a quienes vienen detrás si absolutamente todo puede justificarse cuando aparece suficiente dinero encima de la mesa?, ¿Qué valores pretende Esther enseñar a su hijo o a las generaciones del futuro?
Yo tengo mi opinión.
Y aquí no he venido a quedar bien.
He venido a decir lo que pienso.
Y precisamente para eso nace esta columna.
Pensarlo está bien. Decirlo es mejor.
Esto es SIN FILTRO by Urko Gómez






