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“La bola negra”, una obra maestra de Los Javis atravesada por Lorca que dispara al centro del pecho y te desgarra poco a poco

No miento al decir que ayer fue uno de los días más especiales que recuerdo. Después de varios días viendo reacciones, comentarios y opiniones sobre la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, por fin llegaba el momento de sentarme en una butaca de cine y descubrir por mí mismo qué habían preparado Los Javis. Y quizá por eso salí de la sala con la sensación de haber vivido algo más que una película. Como si durante más de dos horas alguien hubiera abierto una puerta dentro de mí y hubiera decidido no volver a cerrarla.

Porque La bola negra no es una película que simplemente se mira. Es una película que se siente físicamente. Desde sus primeros minutos noté una tensión extraña en el cuerpo, una especie de nudo que iba creciendo escena tras escena. Y cuando llegaron los títulos de crédito finales, después de haber pasado por la guerra, por el amor, por la familia, por Lorca, por la identidad y por todos esos secretos que se transmiten de generación en generación, entendí que llevaba toda la película esperando un golpe que finalmente llegó. Y llegó de lleno al pecho.

También hay algo especialmente bonito en verla en una sala de cine. En un momento en el que la inmediatez, la comodidad y el precio de las plataformas están cambiando nuestra manera de consumir historias, de vez en cuando aparece una película que te recuerda por qué merece la pena apagar el móvil, salir de casa y compartir una sala con desconocidos. La bola negra es, para mí, una de esas películas. Una de esas que te reconcilian con el cine como experiencia colectiva y que te hacen pensar que quizá todavía quedan historias capaces de devolverle al séptimo arte esa capacidad de detener el tiempo.

Y sí, aquí vienen los spoilers. Muchos. Así que, si todavía no la has visto, te recomiendo que hagas algo mucho más importante que seguir leyendo: ve al cine. Después vuelve. Porque lo que viene a continuación no pretende ser un resumen de La bola negra, sino un intento —probablemente insuficiente— de explicar todo lo que esta película me hizo sentir ayer.

Sebastián y Rafael, uno de tantos amores que enterró la guerra

La película nos lleva primero hasta 1937, en plena Guerra Civil española. Allí conocemos a Sebastián, interpretado por Guitarricadelafuente, un joven trompetista de un pequeño pueblo que sobrevive milagrosamente a un ataque de la aviación mussoliniana. En apenas unos minutos, Los Javis consiguen introducirnos en un mundo en el que todo se ha roto: su madre ha muerto, su pueblo ha quedado atrás y él se encuentra huyendo sin saber demasiado bien hacia dónde.

Hay algo devastador en cómo Sebastián abandona su vida. No lo hace porque quiera. Lo hace porque la historia ha decidido que ya no tiene derecho a ella. En su camino se encuentra con soldados franquistas y, para salvarse, tiene que fingir que pertenece a su bando. Poco después recibe un fusil y pasa de ser músico a convertirse en soldado. Y mientras se aleja de sus raíces suena una versión de Soldadito español que adquiere una dimensión completamente distinta. La música, que tantas veces sirve para construir identidad y pertenencia, aquí acompaña a un hombre que está perdiendo precisamente ambas cosas.

Y entonces aparece Rafael Rodríguez Rapún, interpretado por Miguel Bernardeu, un personaje que existió realmente y que fue uno de los grandes amores de Federico García Lorca. Rafael está herido, pertenece al bando contrario y Sebastián recibe la orden de vigilarlo. Al principio hay miedo. Hay incomodidad. Hay dos hombres separados por una guerra que les ha colocado en lugares opuestos. Pero poco a poco la relación empieza a transformarse. Y lo hace de una manera preciosa porque el acercamiento no necesita grandes declaraciones: está en las miradas, en las conversaciones, en la vulnerabilidad de uno y en la curiosidad del otro.

Basada esta trama en la novela «La piedra oscura» de Alberto Conejero, que os recomiendo, Sebastián empieza a descubrir quién es Rafael y qué relación tuvo con Lorca. Empieza también a descubrirse a sí mismo. Y ahí es donde la película comienza a hacer algo que repetirá durante sus tres historias: colocar el amor en un lugar en el que parece imposible que sobreviva. Rafael sabe que va a morir. Sebastián sabe que quizá no vuelva a verlo. Y precisamente cuando empieza a comprender lo que siente, el mundo se encarga de recordarle que no tiene permiso para sentirlo.

Hay una frase de Nené, el personaje interpretado por Penélope Cruz, que resume perfectamente esta primera parte: “El travestismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra todo lo contrario”. Y me parece una de las claves de toda la película. Porque la guerra no solamente mata personas. Mata posibilidades. Mata futuros. Mata aquello que podría haber sido. Sebastián quería tocar la trompeta en un teatro y acabó con un fusil entre las manos. Rafael quería vivir y amar y acabó frente a un pelotón de fusilamiento.

Y lo más cruel es que Sebastián tiene que disparar.

No porque quiera. No porque deje de amar. Precisamente porque ama y, aun así, no puede escapar del lugar en el que la guerra lo ha colocado. Cuando finalmente dispara a Rafael, no está solamente matando a un hombre. Está enterrando un amor que ni siquiera había tenido tiempo de convertirse en vida. Y creo que ahí empecé a entender que La bola negra iba a hacerme muchísimo daño.

Alberto, el nieto que quería conocer todas las historias menor la suya

Décadas después llegamos hasta 2017 con Alberto, interpretado por Carlos González. Y aquí la película cambia de ritmo, pero no de herida porque nos muestra la homosexualidad desde la perspectiva actual, en la que empieza a estar más aceptada y no hay demasiado problema en decirlo públicamente, aunque aún queda un gran camino por recorrer.

Alberto es historiador. Está interesado en el pasado, investiga canciones antiguas y trata de reconstruir historias que ocurrieron hace siglos. Es alguien que dedica su vida a comprender lo que ocurrió antes de él. Y, sin embargo, hay una historia que evita a toda costa: la suya.

Su abuelo materno ha muerto. Alberto nunca llegó a conocerlo y, al principio, tampoco parece tener demasiado interés en hacerlo. Su madre, interpretada por una magnífica Lola Dueñas, arrastra también una historia de abandono relacionada con ese hombre. Hay heridas familiares que llevan décadas sin hablarse y que parecen haber adquirido una especie de derecho a permanecer enterradas.

Hasta que llega esa frase de su novio que, para mí, funciona como una de las grandes llaves de la película: qué curioso que siendo historiador, la única historia que no te interese sea la tuya propia.

Y entonces Alberto empieza a tirar del hilo.

Un pueblo. Una casa. Un abogado. Un sobre. Un pasado que nadie quiere contar.

Y dentro de ese sobre aparece La bola negra, la obra inédita de Federico García Lorca que Sebastián había protegido durante toda su vida. De repente, aquello que parecía una historia familiar se convierte en algo mucho más grande. Alberto no solamente está descubriendo quién fue su abuelo. Está encontrando una historia de amor que sobrevivió escondida durante décadas.

Y aquí la película vuelve a hacer algo maravilloso: hablar de cómo heredamos mucho más que apellidos.

Heredamos silencios, miedos, secretos y todas las cosas que nuestros abuelos no pudieron decir.

Y quizá también heredamos las vidas que ellos no pudieron vivir.

La historia de Sebastián había quedado aparentemente enterrada. Pero no lo estaba. Seguía allí, esperando a que alguien tuviera el valor de abrir un sobre.

Por eso me parece tan importante la figura de Alberto. Porque representa a todas esas personas que pueden conocer perfectamente la historia del mundo y, sin embargo, no saben qué ocurrió dentro de su propia casa. Y porque nos recuerda que mirar hacia atrás no siempre significa quedarse atrapado en el pasado. A veces significa comprender por qué somos quienes somos.

Posteriormente, habla con una experta a nivel mundial, un personaje fugaz pero que marca interpretado por la magistral Glenn Close, que se queda estupefacta por el gran descubrimiento que acaba de presenciar, pues, como sabemos, solo tenemos unas pocas páginas de esa última historia, que se le cayeron a Sebastián cuando fue a por ellas al piso de Lorca en Madrid, completando así un puzle que lleva un siglo incompleto.

La bola negra de Carlos: una historia escrita para quienes todavía podían vivir

Y entonces llegamos a Carlos, interpretado increíblemente por Milo Quifes, que es el protagonista de esta última obra de Lorca que guardó toda su vida Sebastián y ahora tiene en sus manos Alberto.

La película viaja simbólicamente hasta 1932 para introducirnos en la historia que Federico García Lorca dejó inconclusa y que da nombre a toda la película. Carlos es un joven de buena familia que quiere entrar en el exclusivo Casino de Granada para continuar el camino que su padre ha marcado para él. Pero hay un problema, y es que sobre Carlos circulan rumores de que es homosexual. Y en ese mundo, una sospecha basta para condenarte.

La prueba de admisión al Casino consiste en algo aparentemente sencillo: cada miembro del jurado introduce en un saco una bola blanca si acepta su entrada y una bola negra si la rechaza. Y ahí comprendemos finalmente el significado del título.

Una bola negra puede parecer un objeto insignificante, pero puede convertirse en una vida entera. Carlos recibe demasiadas. Y entonces empieza una de las partes de la película que más me atravesó. Porque Carlos no está luchando únicamente contra un grupo de hombres que no quiere aceptarlo. Está luchando contra la vida que otros han diseñado para él. Contra su padre. Contra su apellido. Contra la reputación familiar. Contra Granada. Contra el miedo. Contra la posibilidad de ser visto.

Hay un momento precioso en el que Carlos baila libremente al ritmo de una seguiriya interpretada por María Terremoto. Durante unos minutos parece que todo desaparece. Ya no existe el Casino. Ya no existe su padre. Ya no existen los rumores. Solo existe Carlos.

Y entonces una mujer se acerca y le cuenta que su hijo murió por ser como él, le dice que se parece muchísimo a él, y le pide que viva como su niño no pudo. Que viva ahora que puede. Qué frase tan sencilla, y qué brutal cuando sabes cómo va a terminar la historia.

Porque Carlos vuelve a casa y se encuentra otra vez con las paredes de siempre. Su padre le exige que siga intentando entrar en el Casino. Su familia sabe quién es, pero también sabe que ese secreto no puede salir de las puertas de la casa. Y aquí es donde vemos claramente unos personajes muy lorquianos, se nota su pluma en las líneas de libertad de su hermana y su incapacidad de volar por ser mujer y estar destinada a coser y callar, un personaje que Natalia de Molina clava. Porque, no olvidemos que, aunque Los Javis hayan completado la historia, aún no sabemos más que unas líneas de esta obra.

Y ahí aparece una de las grandes tragedias de la película: incluso cuando las personas que te quieren saben quién eres, pueden existir estructuras sociales tan fuertes que el amor familiar no sea suficiente para protegerte. Su madre y su hermana le proponen marcharse a Madrid. Allí quizá pueda ser libre. Allí quizá nadie lo conozca. Allí quizá pueda empezar de nuevo.

Pero Carlos decide enfrentarse al Casino. Y en plena revuelta en Granada, cuando finalmente le preguntan si es homosexual, responde que no. Y muere.

Una avalancha de nieve rompe simbólicamente el espacio y acaba con todos los personajes que se encuentran allí. Pero la tragedia de Carlos no está solamente en morir. Está en haber muerto sin haber vivido.

Después de su muerte llega uno de los momentos más devastadores de toda la película en la que Carlos aparece en ese paisaje blanco, casi irreal, inspirado en Sierra Nevada. Busca a la mujer que conoció en la taberna. Busca a su hijo. Busca algo que ya no puede encontrar porque comprende poco a poco que está muerto.

Y entonces escucha aquella frase:

“Hay que vivir, Carlos. Vivir siempre”.

Y él responde:

“Siento que nunca he vivido porque las horas no me han pertenecido”.

Creo que esta frase se me va a quedar dentro durante muchísimo tiempo. Porque La bola negra consigue separar dos conceptos que muchas veces confundimos: estar vivo y vivir. Respirar no es necesariamente vivir. Despertarse cada mañana no significa necesariamente haber vivido. Tener años por delante no significa haberlos disfrutado.

Vivir también es poder elegir quién eres. Amar a quien amas. Decidir qué quieres hacer con tu vida. Equivocarte. Cambiar. Bailar. Crear. Decir que sí. Decir que no. Dejar una ciudad. Quedarte en ella. Besar a alguien. Escribir una historia. Tocar una trompeta. Entrar en un escenario.

Vivir es sentir que las horas te pertenecen. Y eso es precisamente lo que a Carlos le robaron. Pero también es lo que la película intenta devolvernos a nosotros.

La sombre de Lorca y las historias que España enterró

Cuando termina la película comprendemos que Sebastián, Alberto y Carlos nunca fueron tres historias independientes. Son una misma conversación atravesando generaciones. Carlos representa al que no pudo vivir, Sebastián al que tuvo que elegir entre sobrevivir y amar, y Alberto al que todavía tiene la oportunidad de mirar hacia atrás y decidir qué hacer con todo aquello que heredó.

Por eso la película no termina realmente en el pasado. Termina en nosotros porque después de conocer sus historias es imposible no preguntarse qué estamos haciendo nosotros con nuestras propias vidas. Qué decisiones estamos tomando por miedo. Qué cosas estamos callando. Qué personas estamos dejando atrás. Qué historias familiares seguimos sin querer mirar.

Y también qué historias estamos construyendo para quienes vendrán después. Quizá por eso me emocionó tanto Alberto. Porque él tiene la oportunidad de abrir aquel sobre que Sebastián guardó durante toda su vida. Tiene la posibilidad de conocer una verdad que su familia había ocultado. Y nosotros tenemos la posibilidad de hacer algo que ellos no pudieron. Vivir.

“Porque pueden ayudar a otra gente, pero más chiquitos, a que no acaben como tú y como yo”

Y llegamos al final donde vemos al fin esa última conversación entre Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún antes de la guerra. Federico acaba de terminar una obra que ya sabemos que será la icónica «La Casa de Bernarda Alba», una de mis obras favoritas de toda la literatura, y Rafael le pregunta por la siguiente. Entonces aparece La bola negra.

Rafael quiere saber por qué escribir una historia así. Y Lorca responde: “Porque pueden ayudar a otra gente, pero más chiquitos, a que no acaben como tú y como yo”. No sé si podría existir una frase mejor para cerrar esta película, y más sabiendo cómo acabaron ambos, fusilados por el enemigo enterrando con ellos tantas historias como años contaban de vida, Porque sabemos lo que les ocurrió.

Sabemos que no pudieron vivir todo lo que querían vivir. Sabemos que el miedo, la violencia y la intolerancia terminaron imponiéndose. Pero también sabemos que, décadas después, su historia ha llegado hasta nosotros. Y quizá ahí está la pequeña victoria de La bola negra.

En que el amor que no pudo vivirse sí pudo contarse. En que el secreto que Sebastián guardó durante toda su vida finalmente salió de aquella casa. En que Alberto pudo conocer la historia de su abuelo. En que Carlos, aunque demasiado tarde, pudo decir que las horas no le pertenecieron. En que Lorca sigue hablando. Y en que nosotros seguimos escuchando.

Ayer salí del cine completamente destrozado. Pero también extrañamente esperanzado. Porque hacía mucho tiempo que una película no conseguía hacerme sentir algo tan físico. Desde el primer minuto hasta el último tuve la sensación de que alguien me estaba apretando el pecho poco a poco, hasta que finalmente llegaron los créditos y pude volver a respirar.

Y creo que eso es lo que se le debe pedir al cine. Que te haga sentir, que te haga pensar, que te incomode, que te rompa un poquito y que te recuerde algo que habías olvidado. La bola negra consiguió todo eso. Por eso, si pudiera, probablemente la vería todos los días hasta llegar a aborrecerla. Pero quizá no quiero aborrecerla, quizá quiero conservar esta sensación. Porque hay películas que ves y recuerdas. Y hay películas que, de alguna manera, empiezan a formar parte de ti. Esta es de las segundas.

Así que no nos pase como a Alberto: no queramos conocer todas las historias menos la nuestra.

No nos pase como a Carlos: no esperemos a que sea demasiado tarde para empezar a vivir.

Y no nos pase como a Sebastián: que nunca tengamos que elegir una guerra cuando lo que queríamos era amar.

Porque la vida pasa, las horas pasan y nadie debería llegar al final preguntándose si las horas le pertenecieron. Gracias, La bola negra, por recordármelo, por recordárnoslo. Y gracias a Los Javis por haber desenterrado una historia que llevaba tanto tiempo esperando a que alguien arañara la tierra. Quizá esa sea la verdadera magia del cine: conseguir que alguien que murió hace casi un siglo todavía pueda hablarnos al oído.

Y quizá por eso, mientras escribo estas últimas líneas, todavía tengo aquella frase de Lorca clavada en el pecho. Hay historias que se escriben para entretener. Y hay historias que se escriben para que otros puedan vivir. Ojalá esta película consiga exactamente eso.

Que los que vengan después tengan un poco menos de miedo. Que tengan un poco más de libertad. Y, sobre todo, que vivan. Vivan siempre.

¿Y vosotros habéis ido a verla o aún estáis esperando? Si habéis tenido la oportunidad de vivir esta obra de arte, ¿Qué os ha parecido? ¿Cuál ha sido vuestra parte favorita? ¿Y con qué enseñanza os quedáis?

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