La Danza de los Dragones no da un solo respiro. Una semana más, La Casa del Dragón vuelve a dejarnos un episodio cargado de intrigas, decisiones difíciles y consecuencias que prometen marcar el futuro de Poniente. Si el capítulo anterior terminaba con uno de los momentos más esperados de toda la serie, el ascenso de Rhaenyra al Trono de Hierro, este tercero nos recuerda que conquistar una corona es, probablemente, la parte más sencilla. Lo verdaderamente complicado empieza cuando llega el momento de gobernar.
Porque la nueva reina hereda mucho más que un reino dividido. Desembarco del Rey es una ciudad al borde del colapso: las ratas campan a sus anchas tras la ejecución de todos los cazadores ordenada por Aegon, las arcas de la Corona están prácticamente vacías después de que el Consejo Verde hiciera desaparecer gran parte del tesoro y el pueblo comienza a perder la paciencia ante la escasez de alimentos y unos meses de hambre provocados por el bloqueo marítimo. A todo ello se suma un reino todavía fracturado, numerosos señores que siguen sin reconocer su autoridad y una monarca que, pese a haber sido nombrada heredera desde niña, jamás recibió una preparación real para afrontar una situación tan límite.
Pero si hay algo que está dando que hablar entre los seguidores de la saga es el rumbo que parece estar tomando la adaptación. Los lectores de Fuego y Sangre se habrán llevado más de una sorpresa con algunas decisiones creativas que toma este episodio, incorporando tramas inéditas y modificando otras de manera significativa. Un cambio de dirección que vuelve a abrir el debate sobre hasta qué punto la serie quiere seguir siendo una adaptación fiel o, por el contrario, construir su propio camino dentro del universo creado por George R. R. Martin.
¿No has podido ver el episodio? ¿Quieres descubrir los detalles que quizá hayan pasado desapercibidos o conocer las diferencias más importantes respecto a la novela? Ajusta bien las correas de la montura, porque volvemos a sobrevolar Poniente para analizar, escena a escena, todo lo que nos ha dejado este tercer episodio.
La engañosa estrategia de Ormund Hightower disfrazada de una supuesta rendición
Antes incluso de que suene la ya icónica cabecera, con ese tapiz que semana a semana va tejiendo los acontecimientos más importantes de la Danza de los Dragones, el episodio comienza con una escena que deja claro que la guerra también se gana con inteligencia. Ormund Hightower, Señor de Antigua y una de las figuras más relevantes del bando verde, acude al encuentro de Daemon Targaryen con un imponente ejército. Al otro lado le esperan el dragón Caraxes y dos de las mayores armas de Rhaenyra: Ulf el Blanco sobre Ala de Plata y Hugh el Martillo montando a Vermithor. La superioridad de los negros es tan evidente que Daemon apenas deja margen para negociar: o jura lealtad a Rhaenyra o el fuego de dragón reducirá su ejército a cenizas.
Tras unos instantes de tensión, Ormund termina hincando la rodilla y entrega su espada, aceptando, aparentemente, la autoridad de la nueva reina. Pero Daemon no se conforma con una simple promesa de fidelidad. Exige además un rehén que garantice el cumplimiento del acuerdo: Daeron Targaryen, el hijo menor de Viserys y Alicent, un personaje del que se había hablado mucho desde el comienzo de la serie, pero que por fin hace su primera aparición junto a su dragona Tessarion. Aunque el Señor de Antigua acepta también esta condición, el episodio deja entrever más adelante que aquella rendición escondía un plan mucho más elaborado. Porque en Poniente, cuando una negociación parece demasiado sencilla… lo normal es que alguien esté moviendo los hilos desde las sombras.
Los primeros momentos del reinado de Rhaenyra, cargados de problemas, mucha tensión y quejas por todos lados
Después de tres temporadas esperando este momento, por fin vemos a Rhaenyra Targaryen gobernando desde el Trono de Hierro. La legítima heredera de Viserys luce por fin la corona que tanto le ha costado conseguir, pero la ilusión dura apenas unos minutos. Un momento muy agridulce para los partidarios de la causa negra llega cuando muy pronto descubre que los verdes no solo le han arrebatado años de su reinado, sino que también le han dejado un reino prácticamente imposible de gobernar.
El problema más evidente se pasea por los pasillos de la Fortaleza Roja. Las ratas se han adueñado del castillo tras la ejecución de todos los cazadores ordenada por Aegon después del asesinato de su hijo, una decisión impulsiva que ahora pasa factura a toda la capital. Pero ese es solo el comienzo. El pueblo lleva meses sufriendo hambre, escasez de alimentos y una pobreza cada vez más difícil de soportar tras el bloqueo marítimo, mientras muchos nobles aprovecharon el caos para enriquecerse todavía más.
Como si la situación social no fuera suficiente, Rhaenyra recibe otro duro golpe al descubrir que las arcas de la Corona están prácticamente vacías. Por si Rhaenyra alguna vez llegaba al Trono de Hierro, Otto Hightower, Tyland Lannister y Jasper Wylde repartieron el tesoro real y lo ocultaron en un lugar desconocido para impedir que los negros pudieran utilizarlo. El problema es que los tres han muerto y, con ellos, también parece haber desaparecido el secreto sobre el paradero del oro.
Lejos de quedarse de brazos cruzados, la nueva reina comienza a tomar decisiones para intentar recuperar la confianza de sus súbditos. Tras escuchar las quejas del pueblo, ordena registrar las propiedades de varios nobles sospechosos de haberse enriquecido durante la guerra y devuelve a los ciudadanos todo aquello que les había sido arrebatado. Incluso organiza un peculiar banquete para esos mismos señores, sirviéndoles rata asada como una forma tan irónica como humillante de recordarles la realidad que vive la capital. Una escena que deja claro que Rhaenyra no piensa gobernar mirando únicamente por los intereses de la nobleza, aunque esa actitud también puede granjearle nuevos enemigos dentro de su propia corte.
En contraste con ese enfrentamiento con los grandes señores, la serie recupera una faceta muy querida del personaje. Rhaenyra vuelve a acercarse al pueblo, reparte alimentos entre los ciudadanos y recuerda por qué, años atrás, fue conocida como la Delicia del Reino. Sin embargo, ni siquiera ese cariño popular basta para solucionar todos sus problemas. La reina tampoco puede celebrar una coronación oficial. Con Aegon todavía vivo, el Septón Supremo se niega a ungirla como monarca legítima y le advierte de que enfrentarse a la Fe podría desencadenar un conflicto todavía mayor. Una vez más, La Casa del Dragón nos recuerda que sentarse en el Trono de Hierro era solo el principio. Lo realmente difícil empieza ahora.
El falso Daeron Targaryen y la jugada maestra de Ormund Hightower
El episodio guarda su mayor giro para los últimos minutos. Tras la aparente rendición de Ormund Hightower al comienzo del capítulo, llega el momento de decidir el destino de su supuesto prisionero: el príncipe Daeron Targaryen. Daemon no duda y propone la solución más rápida: ejecutarlo cuanto antes para eliminar a otro posible aspirante al Trono de Hierro. Sin embargo, Rhaenyra vuelve a demostrar que no pretende gobernar mediante el miedo. Fiel a los principios que ha defendido desde el inicio de la guerra, decide perdonarle la vida y enviarlo al Muro para vestir el negro, una condena que lo apartaría para siempre de cualquier disputa sucesoria.
Antes de comunicarle la decisión, Rhaenyra toma una iniciativa tan inteligente como inesperada. Quiere que Alicent Hightower vea a su hijo por última vez. La reina viuda, retenida durante todo el episodio junto a Helaena y Jaehaera, acepta el encuentro convencida de que será una dolorosa despedida. Pero basta un solo vistazo para que todo salte por los aires. Aunque Daeron pasó gran parte de su infancia en Antigua y Alicent apenas pudo criarlo, una madre reconoce a su hijo. Ese joven no es Daeron Targaryen.
La reacción de Alicent deja helada a Rhaenyra, que comprende al instante que ha caído en la trampa. La rendición de Ormund Hightower nunca fue real. El muchacho entregado como rehén no era más que un impostor al que le han pintado el pelo de blanco utilizado para ganar tiempo mientras el verdadero Daeron permanecía a salvo junto al ejército verde. Una maniobra brillante que convierte al Señor de Antigua en el gran estratega del episodio y demuestra que el bando verde todavía está muy lejos de darse por vencido.
La confirmación llega pocos minutos después. Un guardián de dragones informa a la reina de que las tropas de Ormund han vuelto a alzarse en armas y han conquistado Ladera, un asentamiento estratégico del Dominio que promete desempeñar un papel clave en el desarrollo de la guerra, que parece que aún no ha terminado. Con Aegon desaparecido, Otto Hightower muerto y Aemond fuera de escena tras los acontecimientos de Harrenhal, todo apunta a que será Ormund quien tome ahora las riendas de la causa verde. Y, visto lo ocurrido en este episodio, queda claro que no piensa librar esta guerra solo con espadas y dragones, sino también con engaños capaces de poner contra las cuerdas a la propia Rhaenyra.
El futuro de la Casa Velaryon pendiendo de un hilo y la extraña reacción de Rhaenyra
Antes de despedirse, el episodio deja otro cabo suelto, nunca mejor dicho, que va a traer consecuencias importantes para el futuro de la guerra: la legitimación de Addam y Alyn. Tras reconocerlos oficialmente como hijos suyos en el capítulo anterior, Corlys Velaryon espera que Rhaenyra les conceda el apellido Velaryon para asegurar la continuidad de su linaje. Sin embargo, contra todo pronóstico, la reina rechaza la petición.
Es una decisión extraña en Rhaenyra que sorprende especialmente a quienes conocen la historia original. La serie no explica con claridad qué lleva a Rhaenyra a negarse, aunque todo apunta a que sigue intentando preservar el legado de su hijo Joffrey Velaryon. Sea cual sea el motivo, la respuesta no sienta nada bien a Corlys.
Y no es para menos, pues la guerra le ha arrebatado a Corlys prácticamente todo. Ha perdido a su esposa Rhaenys, gran parte de su legendaria flota, su castillo Marea Alta ha quedado devastado por la Triarquía y él mismo estuvo a punto de morir en la Batalla del Gaznate. Después de sacrificar tanto por la causa de Rhaenyra, esperaba recibir un gesto hacia la casa que más ha contribuido a mantener vivo el bando negro. En lugar de eso, obtiene una negativa.
La reacción de la Serpiente Marina es una de las más tensas del episodio. En un arrebato de rabia, recuerda todo lo que ha hecho por la reina sin exigir nunca nada a cambio y termina pronunciando unas palabras que vuelven a abrir una vieja herida: acusa a Rhaenyra de que sus hijos son bastardos y que no son verdaderos Velaryon. Una acusación que inevitablemente recuerda a los rumores que persiguieron a la heredera desde la primera temporada y que amenaza con abrir una nueva grieta dentro del propio Consejo Negro.
Sin embargo, esta acusación es tan sorprendente tanto para los lectores como para los fans de la serie, pues, sabemos que Corlys nunca hubiera pronunciado tales palabras, ya que, desde el principio, es uno de los principales defensores de Rhaenyra y le ofreció a su nieto Lucerys ser su legítimo Heredero. Entonces, ¿por qué los creadores de la serie han introducido esta trama?
La línea que separa la serie de la novela original, cada vez más gruesa y criticada por los fans
Siempre que se lleva a cabo una adaptación televisiva de alguna obra literaria, hay una cierta línea de acción en la que el director, los creadores y los guionistas de la serie pueden introducir cambios por el bien de la trama o para hacerlo más cinematográfico.
Es algo inevitable, además, cuando una obra literaria tan extensa como Fuego y Sangre da el salto a la televisión. Ya ocurrió con Juego de Tronos y, hasta cierto punto, también lo habíamos visto en La Casa del Dragón. Algunas modificaciones incluso enriquecían la historia, como convertir a Alicent y Rhaenyra en amigas de juventud o simplificar determinadas ramas familiares para hacer la narración más accesible.
Sin embargo, este tercer episodio marca un punto de inflexión. Más que adaptar la novela, parece decidir contar una historia diferente. Y eso ha sorprendido especialmente a los lectores de George R. R. Martin, que hemos visto cómo la mayoría de tramas del capítulo no existen en el material original o suceden de una manera completamente distinta.
La falsa rendición de Ormund Hightower y el supuesto Daeron Targaryen son, probablemente, el mejor ejemplo. En la novela, Ormund jamás entrega a ningún rehén ni finge someterse a Rhaenyra. Continúa la guerra por su cuenta hasta conquistar Ladera tras la Batalla del Río Aguamiel. Del mismo modo, tampoco encontramos la negativa de Rhaenyra a legitimar a Addam y Alyn. Muy al contrario, la futura reina acepta su incorporación a la Casa Velaryon sin provocar ningún enfrentamiento con Corlys.
Algo parecido ocurre con Alicent Hightower. Mientras que la serie ha construido una relación mucho más cercana con Rhaenyra y convierte la toma de Desembarco del Rey en una especie de acuerdo entre ambas, Fuego y Sangre presenta un escenario mucho más crudo. Nunca llegan a ser amigas y la conquista de la capital se produce por la fuerza, con dragones y sangre, sin la colaboración de la reina viuda.
No significa necesariamente que estos cambios sean malos. Algunos pueden funcionar muy bien dentro del lenguaje televisivo. Pero sí dejan una sensación evidente: Ryan Condal parece decidido a que la serie tenga identidad propia, aunque eso implique alejarse cada vez más de la obra de George R. R. Martin. Y, después de este episodio, el debate entre los seguidores de la serie y los lectores del libro está más vivo que nunca.
En conclusión, La tercera temporada de La Casa del Dragón continúa demostrando que ha recuperado el pulso narrativo que muchos echaron en falta durante la anterior entrega. Este tercer episodio, que sustituye la presencia de los dragones y las grandes batallas de anteriores episodios por la estrategia, la política y las consecuencias de sentarse en el Trono de Hierro, nos recuerda que conquistar una corona es solo el primer paso; lo realmente complicado es conservarla. Rhaenyra comienza a descubrir que gobernar un reino dividido, sin recursos y con enemigos tanto dentro como fuera de la corte puede ser una tarea mucho más difícil que vencer en el campo de batalla.
Sin embargo, este capítulo también deja abierta una discusión que lleva semanas creciendo entre los seguidores más fieles del universo creado por George R. R. Martin. La distancia entre Fuego y Sangre y la adaptación televisiva es cada vez mayor. Tramas completamente nuevas, personajes que toman caminos diferentes y decisiones que jamás ocurrieron en la novela han provocado que una parte de los lectores reciba el episodio con cierto escepticismo. La serie parece decidida a escribir su propio destino, una apuesta valiente que entusiasma a unos espectadores y preocupa a otros.
Sea como sea, lo que resulta innegable es que el tablero vuelve a moverse. Ormund Hightower demuestra que el bando verde sigue siendo mucho más peligroso de lo que parecía, Corlys Velaryon comienza a cuestionar algunas decisiones de la reina, el pueblo pone a prueba el recién estrenado reinado de Rhaenyra y la guerra continúa extendiéndose por Poniente. Si algo nos ha enseñado esta historia es que, cuando parece llegar un momento de calma, la Danza de Dragones siempre tiene preparado un nuevo incendio.
Ante esto, esperamos con ansia la próxima semana para subirnos de nuevo al dragón y analizar, escena por escena, todas las claves, teorías, diferencias con la novela y secretos que esconda el cuarto episodio de esta apasionante tercera temporada. Porque en Poniente, la partida por el Trono de Hierro acaba de entrar en una fase todavía más peligrosa.
¿Qué os ha parecido el capítulo de esta semana? ¿Y qué pensáis que va a ocurrir con el reinado de Rhaenyra ahora que Ormund sigue luchando por el bando verde?









