Hay traiciones que duelen porque vienen de alguien a quien quieres. Y después están las que duelen todavía más porque vienen acompañadas de la banda sonora de tu vida. Yo he defendido a La Oreja de Van Gogh durante años. También he defendido a Amaia Montero. Hoy no me sale defender a ninguno.
Tengo un problema con La Oreja de Van Gogh.
Soy muy fan.
Mucho.
Y quizá precisamente por eso estoy tan cabreado.
Porque cuando algo te da igual, pasas página. Cuando un grupo te ha acompañado durante toda tu vida, cuando sus canciones están asociadas a personas, viajes, rupturas, veranos, noches y recuerdos que son tuyos, la decepción se siente de otra manera.
Y yo estoy profundamente decepcionado.
Con el grupo.
Y también con Amaia Montero.
Sí, con Amaia.
Porque durante mucho tiempo yo también utilicé ese comodín que hemos utilizado muchos: hay que protegerla, ha pasado momentos complicados, conocemos sus problemas de salud mental, no sabemos qué está viviendo, no juzguemos.
Y sigo pensando que hicimos bien respetando su vulnerabilidad.
La salud mental no es un espectáculo y nunca debería utilizarse para atacar a nadie.
Pero tampoco puede convertirse en un salvoconducto permanente que nos impida cuestionar las decisiones de una persona.
Una cosa es tener empatía.
Otra muy distinta es renunciar al criterio.
Y después de todo lo ocurrido con Leire Martínez, después de ver cómo se produjo su salida, después de escuchar lo que ella misma ha ido contando y después de ver a Amaia nuevamente integrada en La Oreja de Van Gogh, yo ya no puedo seguir contando esta historia como si Amaia fuese simplemente una figura que apareció por casualidad al final de la película.
Para mí, Amaia también forma parte de esta historia y tiene su parte de responsabilidad moral en cómo se ha producido este regreso.
Y eso me duele decirlo.
Porque yo también quería que volviera Amaia.
Claro que quería.
¿Quién no quería volver a escuchar aquella voz cantando Rosas, Puedes contar conmigo, La playa o 20 de enero junto a aquellos músicos?
La nostalgia es una droga maravillosa.
El problema es que a veces, cuando se te pasa el efecto, miras alrededor y descubres los destrozos.
Diecisiete años no son un paréntesis
Aquí es donde quiero detenerme. “El amor verdadero es tan sólo el primero…los demás son sólo para olvidar”.
Pero no podemos olvidar ni la oreja puede —por mucho que lo pretendan–- olvidar 17 años, porque parece y da la sensación que ellos han decidido reescribir la historia de La Oreja de Van Gogh como si entre 2008 y 2024 hubiese ocurrido una especie de pausa publicitaria.
Pues no.
Se llamaba Leire Martínez.
Y estuvo 17 años.
Diecisiete.
No una gira.
No un disco de transición mientras Amaia se tomaba un descanso.
Diecisiete años poniendo voz a La Oreja de Van Gogh.
Leire recogió un grupo que había sufrido la marcha de una cantante absolutamente icónica y consiguió algo que parecía dificilísimo: que sobreviviera.
Más aún: consiguió que siguiera siendo relevante.
Cantó las canciones de Amaia con respeto, defendió ese repertorio durante años y construyó el suyo propio con temas que ya pertenecen a la historia del grupo.
El último vals, Inmortal, Jueves, La niña que llora en tus fiestas, Cometas por el cielo… Y tantos otros.
Podemos discutir eternamente qué etapa nos gusta más.
Yo puedo preferir determinadas canciones con Amaia y emocionarme con otras de Leire.
No importa.
Porque esto no debería ser un debate absurdo de a cual preferimos de las dos.
Amaia no necesita que borremos a Leire para ser importante.
Y Leire no necesita destruir el legado de Amaia para reivindicar el suyo.
Curiosamente, quien mejor parece haber entendido esto ha sido la propia Leire.
Ella ha reconocido públicamente el lugar de Amaia en la historia de La Oreja.
Sin escupir hacia atrás.
Sin negar el pasado.
Sin intentar apropiarse de lo que ocurrió antes de su llegada.
Y eso, viendo cómo terminó todo, me parece de una elegancia tremenda.
La salida que sigue oliendo mal
La versión oficial fue aquello de las diferentes maneras de vivir el grupo.
Precioso.
Una de esas frases corporativas que sirven igual para anunciar la marcha de una cantante que para comunicar que el director financiero de una empresa quiere pasar más tiempo con su familia.
Después habló Leire.
Y empezamos a conocer cosas.
Que ella no decidió aquella salida.
Que le comunicaron la publicación del comunicado con muy poca antelación.
Que habría querido despedirse de otra manera.
Que después de 17 años le hubiese gustado cerrar aquella historia con un disco, una gira, un concierto o simplemente una despedida.
Que en determinados momentos sintió que aquello era cuatro contra uno.
Que aprendió a poner límites.
Y que ponerlos no gustó.
Después llegó llego “Mi nombre” y ya no hacía falta ser Sherlock Holmes para comprender que allí había dolor.
Mucho.
Y aun así Leire ha seguido evitando convertir todo esto en una carnicería pública.
Ha hablado.
Ha dejado caer cosas.
Ha reconocido su decepción.
Pero todavía tengo la sensación de que Leire sabe muchísimo más de lo que ha contado.
Y ojalá algún día lo cuente.
Todo.
Sin filtros.
Porque me encantaría conocer la historia completa de esos últimos meses.
Y entonces volvió el primer amor
Y llegamos a Amaia.
El regreso soñado, La fotografía, La nostalgia, Las canciones, La emoción, El grupo original otra vez.
Y aquí es donde “Rosas” se ha convertido, casi accidentalmente, en la metáfora más cruel de toda esta historia.
«El amor verdadero es tan solo el primero».
Qué barbaridad de frase.
La hemos cantado durante más de veinte años hablando de relaciones sentimentales y resulta que ahora parece escrita para esta historia.
Amaia era el primer amor.
Leire llegó después.
Y ahora parece que algunos quieren presentarla como si hubiera sido únicamente la mujer que estuvo allí mientras esperaban que regresara la otra.
…Como si los demás fueran solo para olvidar.
Pues conmigo no.
No pienso comprar ese relato.
Porque si el amor verdadero era solamente el primero, ¿qué coño fueron entonces los siguientes 17 años?
¿Una aventura?
¿Un entretenimiento?
¿Un mientras tanto?
¿Una sustitución de emergencia que duró casi dos décadas?
No.
Leire fue La Oreja de Van Gogh, pese a quien le pese y lo seguirá siendo siempre.
Amaia fue La Oreja de Van Gogh. Y ahora vuelve a serlo.
Las dos afirmaciones pueden convivir perfectamente.
Lo miserable sería necesitar borrar una para engrandecer la otra.
Amaia, yo también te defendí
Y esta es probablemente la parte que más me cuesta escribir.
Porque yo defendí a Amaia.
Como muchísima gente.
Cuando se cuestionaba su aspecto.
Cuando se hacían bromas crueles.
Cuando cada fotografía suya se convertía en un análisis público.
Cuando atravesó momentos complicados.
Cuando salía un video suyo donde no daba ni una nota.
Cuando internet decidió que una persona vulnerable era un entretenimiento.
Me pareció repugnante entonces y me lo sigue pareciendo ahora.
Y volvería a defenderla mañana si alguien pretendiera utilizar su salud mental para humillarla.
Pero precisamente porque creo que una enfermedad mental no define a una persona, tampoco creo que deba utilizarse para justificar absolutamente todas sus decisiones.
Proteger a una persona cuando está enferma no significa concederle inmunidad cuando está bien.
Y quizá durante demasiado tiempo algunos hemos utilizado ese comodín con Amaia porque le tenemos cariño.
Yo el primero.
Pues se acabó.
Amaia es una mujer adulta.
Una artista extraordinaria.
Y una persona capaz de tomar decisiones.
Por eso puedo alegrarme de verla recuperada y, simultáneamente, pensar que su papel en todo este asunto me ha decepcionado profundamente.
No me está gustando la cara que Amaia está mostrando en esta historia.
Porque para que exista este regreso han tenido que suceder muchas cosas antes.
Y una de ellas fue la salida de Leire.
Amaia conocía inevitablemente el contexto público en el que regresaba.
Sabía lo que había ocurrido.
Sabía la polémica.
Sabía que había una mujer que llevaba 17 años ocupando ese lugar.
Y decidió volver.
Está en su derecho.
Por supuesto.
Y yo estoy en el mío de pensar que habría esperado más sensibilidad hacia la persona que sostuvo el micrófono mientras ella no estaba.
Premios Juventud: Amaia, ¿De verdad era necesario?
Y entonces el pasado jueves llegaron los Premios Juventud 2026.
Y aquí fue donde, personalmente, Amaia terminó de decepcionarme.
Porque una cosa es volver a La Oreja de Van Gogh.
Otra es cantar Rosas.
Y otra muy distinta es que, cuando te preguntan, decidas recuperar precisamente esa frase:
«El amor verdadero es tan solo el primero».
Sí.
Esa.
De todas las frases.
De todas las canciones.
De todas las respuestas posibles.
Esa.
Y además no hablamos de una frase cualquiera. Hablamos de un verso que, aplicado a todo lo que ha ocurrido durante los últimos meses, tiene una lectura tan evidente que cuesta muchísimo creer que nadie alrededor de Amaia pudiera preverla.
Y precisamente por eso me pareció innecesario.
Feo.
Y, sobre todo, bastante poco elegante.
Porque Amaia no necesita hacer esto.
No lo necesita.
Ha recuperado su puesto en uno de los grupos más importantes del pop español.
Tiene al público esperando.
Tiene a miles de personas deseando volver a escucharla.
Tiene el relato perfecto del regreso.
Tiene la nostalgia jugando completamente a su favor.
Lo tiene absolutamente todo.
Entonces, ¿para qué?
¿Para qué utilizar precisamente esa frase sabiendo que detrás hay una mujer que ha salido de ese mismo grupo después de 17 años?
Quizá Amaia diga algún día que no iba por Leire.
Y podrá ser verdad.
Yo no puedo meterme en su cabeza ni voy a afirmar una intención que solamente conoce ella.
Pero también tengo derecho a decir que me cueste muchísimo no ver lo que en realidad está pasando.
Sobre todo porque no es la primera vez que esa letra aparece oportunamente alrededor de esta historia.
Cuando en 2025 comenzaron a dispararse los rumores sobre su regreso al grupo y Leire empezaba a hablar públicamente sobre su situación, Amaia publicó en Instagram una fotografía acompañada de una referencia muy concreta a Rosas:
«Y es que empiezo a pensar… olvidar».
Entre ese principio y ese final cualquiera que conozca la canción sabe perfectamente qué parte de la letra estaba evocando.
Otra casualidad.
Qué mala suerte tiene Amaia con las casualidades.
Porque una vez puede ser una interpretación nuestra.
Dos empiezan a parecerme una forma bastante peculiar de jugar con la ambigüedad.
Y eso es precisamente lo que me molesta.
Mientras Amaia juega con aquello del «primer amor», hay otra mujer que pasó 17 años defendiendo esas canciones sobre un escenario.
Y vuelvo a preguntarlo:
Si Amaia era el amor verdadero porque fue el primero…
¿qué coño fue Leire durante 17 años?
Yo tengo muy clara una cosa.
No voy a olvidar a Leire.
No voy a aceptar que ahora se reescriba la historia para convertir 17 años en una nota a pie de página porque ha regresado la cantante original.
No voy a fingir que Jueves, El último vals, Inmortal, Cometas por el cielo o tantos años de conciertos dejaron de existir.
Y, sobre todo, no voy a participar en esa especie de competición absurda en la que para celebrar a Amaia parece necesario empequeñecer a Leire.
Amaia puede volver siendo enorme.
Siempre lo fue.
Pero precisamente por eso esperaba grandeza.
Y para mí la grandeza también consiste en saber volver sin necesidad de pisar, insinuar o jugar con el lugar que ocupó quien vino después.
Pero con todo lo que ha ocurrido, con la polémica todavía abierta y después de 17 años de otra mujer al frente del grupo…
Yo habría elegido otra frase.
Aunque solo fuera por elegancia.
Leire, hasta ahora, la ha tenido.
Y mucha.
Amaia, en ese momento, para mí no.
El pop está lleno de familias felices… hasta que dejan de serlo
Y tampoco nos engañemos.
La Oreja de Van Gogh no ha inventado las rupturas traumáticas en la música.
La historia del pop está llena de bandas que nos vendieron amistad, hermandad y familia hasta que un día descubrimos que detrás de las fotografías promocionales había egos, resentimientos, contratos y relaciones completamente rotas.
Fleetwood Mac convirtió rupturas sentimentales, infidelidades y tensiones internas en material artístico hasta terminar creando Rumours. Allí prácticamente se cantaban los unos a los otros lo que quizá no eran capaces de decirse tomando un café.
Oasis consiguió que la relación explosiva entre Liam y Noel Gallagher fuese casi tan famosa como sus canciones. Hermanos, éxito mundial y una convivencia imposible que terminó haciendo saltar el grupo por los aires.
Las Spice Girls construyeron buena parte de su fenómeno alrededor del girl power, la amistad y la unión hasta que Geri Halliwell abandonó el grupo en pleno apogeo. Millones de fans descubrieron de golpe que incluso las amistades aparentemente indestructibles del pop podían romperse.
Destiny’s Child atravesó cambios de integrantes que dejaron durante años acusaciones, versiones enfrentadas y heridas alrededor de cómo se habían gestionado determinadas salidas.
Y décadas después Fifth Harmony volvió a demostrarnos que puedes vender una imagen de cinco amigas inseparables mientras por detrás las relaciones se están descomponiendo hasta que una de ellas termina marchándose y cada parte cuenta el divorcio de una manera diferente.
El pop tiene estas cosas.
Nos vende familias.
Hermandades.
Amistades eternas.
«Somos una piña».
Hasta que aparece un contrato.
Una gira.
Un porcentaje.
Un representante.
Un ego.
Una oportunidad.
O simplemente llega el momento en el que los intereses dejan de coincidir.
Y entonces descubrimos que aquella familia tenía departamento jurídico.
La diferencia es que cuando eres fan, durante mucho tiempo no quieres verlo.
Porque resulta mucho más bonito pensar que esas cinco personas que ves encima de un escenario son exactamente aquello que parecen.
Hasta que dejan de serlo.
Yo sigo siendo fan, y ese es precisamente el problema
Después de escribir todo esto voy a seguir escuchando a La Oreja de Van Gogh.
No voy a hacer el numerito de borrar sus discos.
No voy a fingir que “La playa” ha dejado de emocionarme.
No voy a negar lo que Amaia significa para el pop español.
Y tampoco pienso renunciar a los 17 años de canciones de Leire.
Porque las canciones también son nuestras.
Se mezclaron con nuestras vidas y ya no pertenecen únicamente a quienes las grabaron.
Pero algo sí ha cambiado.
La forma en la que miro al grupo.
Porque una cosa es ser fan y otra convertirse en abogado defensor de tus ídolos.
Y yo ya no quiero defenderlos.
Creo que La Oreja de Van Gogh gestionó la salida de Leire de una manera lamentable.
Creo que después de 17 años merecía otra despedida.
Creo que el regreso de Amaia puede ser maravilloso musicalmente y, al mismo tiempo, dejarme un sabor amargo humanamente.
Y creo que Amaia, después de todo lo que hemos visto, no puede ser tratada únicamente como una espectadora inocente de una historia que terminó colocándose exactamente en el lugar que ocupaba Leire.
Lo siento.
Esta vez el comodín no me vale.
Y ahora, cuando escuche aquello de que «el amor verdadero es tan solo el primero», inevitablemente pensaré en la mujer que llegó después y sostuvo durante 17 años el grupo que el primer amor había dejado atrás.
Su nombre es Leire Martínez.
Conviene recordarlo.
Aunque a algunos ahora les estropee la nostalgia.
Pensarlo está bien. Decirlo es mejor.
— Urko Gómez | SIN FILTRO








