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La «resurrección» de Aegon Targaryen y su dragón cierran el séptimo episodio de La Casa del Dragón

La guerra vuelve a acelerar el paso. Después de un sexto episodio mucho más pausado, centrado en mover las piezas del tablero y en desarrollar las distintas tramas políticas de Poniente, La Casa del Dragón recupera la acción en este séptimo capítulo de su tercera temporada y nos deja claro que la calma no era más que el preludio de la tormenta. Los hilos invisibles que tantos personajes han estado moviendo durante semanas empiezan, por fin, a tensarse hasta el límite, mientras las grietas que recorren los Siete Reinos amenazan con romperlos definitivamente.

A solo un episodio del desenlace de la temporada, HBO Max dedica esta penúltima entrega a colocar a cada uno de sus protagonistas exactamente donde deben estar antes del primer gran enfrentamiento por Ladera, una batalla que promete convertirse en uno de los momentos más importantes de toda la Danza de los Dragones. Ya no quedan apenas movimientos de preparación: ahora cada decisión puede inclinar el rumbo de la guerra hacia uno u otro bando.

Mientras Rhaenyra demuestra que comienza a sentirse cada vez más cómoda ejerciendo como reina y tomando decisiones propias de una auténtica gobernante, el bando verde continúa reorganizándose alrededor de la figura de Ormund Hightower, cuya ambición parece no tener límites. El Señor de Antigua sigue tejiendo alianzas inesperadas, moviendo los hilos desde las sombras y preparando un golpe definitivo con el objetivo de sentar a Daeron Targaryen en el Trono de Hierro.

Al mismo tiempo, Lord Corlys Velaryon debe afrontar las consecuencias de haber caído en manos enemigas, Aegon II continúa renaciendo poco a poco de sus propias cenizas acompañado por un Fuegosolar que, como muchos sospechábamos, nunca llegó a morir realmente, y los distintos personajes terminan de ocupar sus posiciones en un tablero donde cada movimiento puede convertirse en el último.

Con dragones preparados para volver a surcar los cielos, ejércitos avanzando hacia el mismo destino y alianzas cada vez más frágiles, este séptimo episodio no busca resolver la guerra, sino preparar el terreno para una batalla que puede cambiar para siempre el destino de Poniente. Así que, como cada semana, ensillad a vuestro dragón, porque volvemos a emprender el vuelo para analizar, escena a escena, todo lo que nos ha dejado este apasionante penúltimo capítulo de la tercera temporada de La Casa del Dragón.

Helaena Targaryen, una pieza que crece en importancia cada episodio

El episodio arranca con una de las escenas más intrigantes de toda la temporada. Por primera vez asistimos de lleno a una de las visiones de Helaena Targaryen, confirmando lo que muchos ya intuíamos y lo que la propia Rhaenyra termina reconociendo más adelante: Helaena es una auténtica soñadora, capaz de ver fragmentos del futuro, un don que ya cambió el destino de su familia siglos atrás. No hay que olvidar que fue otro sueño profético, el de Daenys Targaryen antes de la Maldición de Valyria, el que permitió a los Targaryen y a los Velaryon abandonar el Feudo Franco y sobrevivir a la catástrofe que acabó con la civilización valyria.

Como ya nos tiene acostumbrados, Helaena habla muy poco, pero cada una de sus palabras pesa como una losa. Sus frases parecen carecer de sentido cuando las escuchamos por primera vez, aunque el tiempo termina demostrando que siempre esconden una advertencia sobre lo que está por venir. Ya ocurrió cuando le confesó a Aegon que no temía a los dragones de Rhaenyra, sino a las ratas, una frase que terminó cobrando un significado desgarrador tras el asesinato de su hijo y la posterior ejecución de todos los cazarratas de Desembarco del Rey.

Tras el sueño de estar en una vida aparentemente tranquila criando gallinas junto a sus hijos, otro de los grandes regalos del capítulo es, por fin, la esperadísima aparición de Fuegoensueño, la dragona de Helaena. Su debut era uno de los momentos más esperados por los lectores de la novela, aunque también ha generado bastante división entre los aficionados. Si bien mantiene el característico tono azulado descrito por George R. R. Martin, su diseño y su complexión física se alejan bastante de la imagen que muchos habíamos imaginado durante años, un cambio que personalmente también me ha dejado con sensaciones encontradas.

Además, aparece en una escena que es un grandísimo spoiler que los lectores de Fuego y Sangre podemos intuir que se trata de uno de los acontecimientos más tristes y desgarradores de la Danza de Dragones que pondrán patas arriba la Casa Targaryen, sin embargo, para los amantes de la serie pasa desapercibida en una simple visión de futuro donde Helaena monta a su dragona.

Cuando Helaena despierta, Rhaenyra comprende el inmenso valor que pueden tener sus sueños y empieza a utilizarlos como una fuente de información para intentar comprender mejor el futuro de la guerra e incluso cuestionarse si realmente está destinada a ocupar el Trono de Hierro. Gracias a esas visiones consigue confirmar, por ejemplo, que Aemond sigue refugiado en Harrenhal, demostrando que el verdadero poder de Helaena no reside en un dragón ni en un ejército, sino en algo mucho más valioso: el conocimiento del futuro. En una guerra donde todos luchan con acero y fuego, la información puede convertirse en el arma más poderosa de todas, y Helaena está demostrando, episodio tras episodio, que su importancia dentro de la Danza de los Dragones no deja de crecer.

El estilo cinematográfico de Juego de Tronos resucita en los acontecimientos de Harrenhall

Hablando de Aemond en Harrenhal, llegamos a una de las escenas más inquietantes y sorprendentes del episodio. Alicent Hightower viaja hasta el castillo con una misión encomendada por Rhaenyra: acabar con la vida de su propio hijo a cambio de garantizar la libertad de ella, Helaena y Jaehaera. Sin embargo, lo que parecía un tenso reencuentro familiar da un giro completamente inesperado.

La escena pronto se convierte en una auténtica pesadilla cuando Alicent besa apasionadamente a Aemond y ambos terminan compartiendo lecho. Un momento que resulta profundamente perturbador, especialmente tratándose de Alicent, y que recupera ese estilo tan característico de Juego de Tronos, donde las visiones, el simbolismo y las escenas explícitas se mezclaban constantemente. Poco después descubrimos que todo forma parte de una nueva ilusión creada por Alys Ríos, quien remata la secuencia con una frase que seguramente dará mucho que hablar en el futuro: «Y con esto, te daré un heredero». Una línea que, voy avisando, no está puesta ahí por casualidad.

Cuando la verdadera Alicent llega a Harrenhal, Aemond, consumido por la desconfianza, interpreta que tanto ella como el hombre que la acompaña forman parte de un plan para asesinarlo. Sin dudarlo, acaba con la vida de su protector y obliga a su madre a permanecer en el castillo. Sin embargo, Alicent no ha olvidado el verdadero motivo de su viaje y, aprovechando un momento de calma, entrega a su hijo un té envenenado antes de huir de la fortaleza. El episodio concluye con Aemond desplomándose una vez más a las puertas de la muerte, mientras Alys Ríos vuelve a aparecer junto a él, dejando entrever que, una vez más, será ella quien decida si el príncipe vive o muere.

Una épica lucha de dragones, consecuencia del alto precio que tiene la verdad para Rhaenyra

Cuando todo parecía indicar que nos encontrábamos ante un episodio mucho más pausado, La Casa del Dragón nos sorprende con una de las escenas más tensas y espectaculares de la temporada. No asistimos a una gran batalla entre verdes y negros, sino a un enfrentamiento mucho más personal, donde el verdadero enemigo de Rhaenyra no es otro ejército, sino la verdad que durante tanto tiempo ha permanecido oculta.

Después de descubrir que Rhaena sigue desaparecida junto a Robaovejas, Daemon Targaryen vuela hasta el Valle para exigir explicaciones a Lady Jeyne Arryn. La Señora del Valle le confiesa que desconoce el paradero de la joven, aunque está convencida de que continúa escondida por aquellas montañas. Sin perder un instante, el príncipe monta sobre Caraxes y sigue el rastro de su hija hasta encontrarla.

El esperado reencuentro entre padre e hija desemboca en una intensa discusión bajo la atenta mirada de Caraxes y Robaovejas. Daemon intenta convencer a Rhaena de que regrese con él y afronte las consecuencias de sus actos, recordándole que Rhaenyra aún podría perdonarla. Sin embargo, la joven demuestra haber heredado el carácter obstinado de su padre y rechaza cualquier posibilidad de regresar.

Consumida por la culpa desde la Batalla del Gaznate, Rhaena solo contempla una forma de redimirse: enfrentarse a Vhagar. Cree que, si consigue derrotar a la gigantesca dragona, podrá reparar todo el daño causado y recuperar el perdón de Rhaenyra; y, si fracasa, al menos encontrará la paz muriendo con la conciencia tranquila.

Pero, cuando todo parecía encaminado a una simple discusión familiar, llegan inesperadamente los refuerzos en una de las escenas que más ha sorprendido tanto a los lectores de Fuego y Sangre como a quienes solo siguen la serie. Rhaenyra aparece escoltada por Addam sobre Bruma y descubre toda la verdad. Después de hablar con Lady Mysaria, la reina ya sospechaba que Daemon le estaba ocultando algo acerca del supuesto jinete de Robaovejas y del misterioso cráneo que le habían entregado semanas atrás. Cansada de las medias verdades, decide tomar las riendas de la situación y comprobar con sus propios ojos qué estaba ocurriendo.

La sorpresa es absoluta cuando descubre que la persona a la que llevaba tiempo responsabilizando de la muerte de su heredero es, en realidad, Rhaena Targaryen, quien debería encontrarse camino de Pentos cumpliendo la misión que ella misma le había encomendado. Sin salir de su asombro, exige explicaciones a Daemon, que admite haber protegido a su hija aun sabiendo que eso significaba mentir a su reina y traicionar su confianza.

Dispuesta a recuperar el control, Rhaenyra ordena a Addam retener a Rhaena para llevarla de vuelta a Desembarco del Rey. Sin embargo, es entonces cuando entra en juego uno de los vínculos más especiales de todo el universo de Canción de Hielo y Fuego: la absoluta lealtad entre un dragón y su jinete. Al ver a Rhaena en peligro, Robaovejas pierde el control y carga violentamente contra los demás dragones, hiriendo de gravedad a Syrax en el cuello. Para defender a la reina, Caraxes y Bruma unen fuerzas contra la enorme bestia en un espectacular combate aéreo que termina con Robaovejas gravemente herido, aunque consigue escapar con vida, un desenlace que, pese al cambio de jinete respecto a la novela, recuerda bastante al destino que George R. R. Martin reservó para este dragón.

Tras una escena de enfrentamiento altamente cargada de tensión e incomodidad, todos regresan a Desembarco del Rey con un ambiente completamente distinto. Daemon vuelve dispuesto a pedir perdón a Rhaenyra, consciente de que ha vuelto a romper la confianza de su esposa, aunque la reina parece demasiado dolida para concedérselo todavía. Sin embargo, también comprende por fin que la muerte de Jacaerys no fue fruto de una traición deliberada, sino de un trágico accidente, una verdad que llevaba demasiado tiempo buscando.

Por su parte, Rhaena se reencuentra con su hermana melliza Baela después de muchos episodios separadas. Más allá de la culpa, el dolor y las heridas que la guerra ha dejado entre ambas, la escena concluye con un emotivo abrazo que recuerda que, antes que piezas de un conflicto dinástico, siguen siendo dos hermanas unidas por la misma sangre.

Los verdes colocan sus últimas piezas antes de la primera Batalla de Ladera

A pesar de que Daeron Targaryen cada vez está menos convencido de las intenciones y las maniobras de su tío, al ser un personaje mucho más amable, prudente y reacio a la guerra, algo que comparte con su otro tío Gwayne Hightower, Ormund no piensa abandonar Ladera ni dar un solo paso atrás. El Señor de Antigua sabe que se encuentra ante su última oportunidad para mantener viva la causa verde y está dispuesto a jugar todas sus cartas antes de que comience la batalla.

Fiel a las estrategias políticas que ha ido tejiendo durante toda la temporada, Ormund intenta quebrar la voluntad de Lord Corlys Velaryon, al que mantiene como prisionero. Aprovecha cada conversación para recordarle todo lo que ha perdido por apoyar a Rhaenyra: su esposa, gran parte de su flota, su castillo e incluso el futuro de su linaje. Sin embargo, cuando se atreve a mencionar a la princesa Rhaenys, pisa un terreno demasiado peligroso. La Serpiente Marina, fiel hasta el final a la memoria de su esposa y a la causa negra, rechaza cualquier oferta y prefiere seguir cautivo antes que traicionar aquello por lo que ha luchado.

Pero Ormund todavía guarda un último as bajo la manga. Consciente del enorme ego de Ulf el Blanco y de su eterna obsesión por conseguir un castillo y un título, comienza a seducirlo con la promesa de convertirlo en Señor de Marcaderiva si abandona a Rhaenyra y cambia de bando en el momento decisivo. Una oferta que puede resultar muy tentadora para el jinete de Ala de Plata, aunque Ormund omite un pequeño detalle: la fortaleza que le promete ya no es la joya del Mar Angosto, sino un montón de ruinas y cenizas desde la Batalla del Gaznate.

La última jugada llega en los compases finales del episodio. Para obligar a Rhaenyra a mover ficha y atraer al ejército negro hasta Ladera, Ormund envía un macabro mensaje a la Fortaleza Roja: un dedo amputado de Lord Corlys dirigido expresamente a Alyn. Una advertencia clara de que la vida de la Serpiente Marina pende de un hilo y de que el tiempo para negociar ha terminado.

Con las alianzas prácticamente definidas, los ejércitos preparados y ambos bandos obligados a responder, La Casa del Dragón deja el tablero listo para la Primera Batalla de Ladera. Todas las piezas ya están colocadas y, después de semanas de maniobras, traiciones y estrategias, el fuego y la sangre volverán a decidir el destino de Poniente en el último episodio de la temporada.

La resurrección de Aegon Targaryen junto a su dragón Fuegosolar con toda la fuerza

Tras toda una temporada escondiéndose, huyendo, lamentándose y viviendo entre las sombras, el que hasta hace poco ocupaba el Trono de Hierro parece dejar atrás al hombre derrotado para empezar a convertirse, por primera vez, en el rey que nunca llegó a ser. Aegon comprende que ya no puede seguir escapando y toma una decisión que marca un antes y un después en su personaje: enfrentarse de cara a los ejércitos de Rhaenyra. Prefiere morir empuñando una espada y siendo recordado como un rey caído en combate antes que desaparecer para siempre en el anonimato.

Su determinación provoca que incluso sus aliados más cercanos duden. Larys Strong comprende que la batalla está prácticamente perdida y decide huir junto a la pequeña escolta que aún los acompañaba. Sin embargo, quien permanece a su lado es Tyland Lannister, dispuesto a compartir el destino de su rey hasta las últimas consecuencias. Por primera vez desde el inicio de la guerra, Aegon deja de comportarse como un muchacho caprichoso y demuestra un valor que apenas habíamos visto en él.

Cuando las tropas de la Casa Staunton interceptan su camino, Aegon abandona definitivamente el disfraz de fugitivo. Espada en mano, se presenta ante sus enemigos proclamando con orgullo quién es realmente: el rey Aegon Targaryen. Los soldados reciben sus palabras entre burlas y risas, convencidos de que aquel hombre malherido no supone ninguna amenaza. Sin embargo, apenas unos segundos después, un gran sonido rompe el silencio del bosque.

En uno de los momentos más épicos de toda la temporada, hace su inesperado regreso Fuegosolar. El dragón dorado, al que todos daban por muerto desde la Batalla de Reposo del Grajo, emerge entre los árboles cubierto todavía por las cicatrices de la guerra, pero tan vivo y majestuoso como siempre. La sorpresa se transforma inmediatamente en terror cuando la bestia responde a la llamada de su jinete mostrando las horribles consecuencias que le quedan tras la batalla.

La escena culmina con un auténtico espectáculo de fuego y sangre. Tras un discurso cargado de orgullo y determinación, Aegon ordena el ataque y Fuegosolar reduce a cenizas a todos los caballeros que se interponen en su camino. Dragón y jinete, ambos dados por muertos durante semanas, renacen juntos de sus propias cenizas en una secuencia cargada de simbolismo que devuelve al bando verde una pieza que muchos creían perdida para siempre y que promete desempeñar un papel decisivo en la guerra que sigue empeñada en no terminarse.

Después de un episodio que ha vuelto a elevar la tensión tras la relativa calma de la semana pasada, queda claro que la guerra ya no tiene marcha atrás. Durante esta séptima entrega no hemos asistido a una gran batalla, pero sí hemos visto cómo todas las piezas han terminado de ocupar su posición definitiva sobre el tablero. Rhaenyra continúa consolidándose como reina mientras intenta mantener unido un reino que amenaza con resquebrajarse desde dentro; Ormund Hightower sigue demostrando que la inteligencia puede ser tan peligrosa como un dragón, colocando aliados y preparando el terreno para el enfrentamiento decisivo; y Aegon, junto a un renacido Fuegosolar, vuelve a irrumpir en escena recordando que el bando verde todavía tiene mucho que decir.

El episodio también deja abiertas numerosas incógnitas que marcarán el desenlace de la temporada. La relación entre Rhaenyra y Daemon ha sufrido un nuevo golpe tras descubrir toda la verdad sobre Rhaena y Robaovejas, Helaena continúa revelándose como una de las piezas más imprevisibles y poderosas de la historia gracias a sus sueños proféticos, mientras que la captura de Corlys Velaryon convierte la futura batalla en una carrera contrarreloj para intentar salvar a uno de los hombres más importantes del bando negro.

Todo conduce inevitablemente hacia Ladera. Allí convergerán las estrategias de Ormund, el renacimiento de los verdes, las dudas de Daeron, el destino de Corlys y las decisiones que Rhaenyra deberá tomar como reina. Después de semanas moviendo discretamente los hilos, la política, las traiciones y las conspiraciones están a punto de dejar paso, una vez más, al fuego, la sangre y los dragones.

Solo queda un episodio para despedir esta tercera temporada de La Casa del Dragón, y todo apunta a que HBO Max quiere reservar para el final una batalla capaz de cambiar por completo el rumbo de la Danza de Dragones. Si algo nos ha enseñado esta serie es que en Poniente ninguna victoria es definitiva y que cada triunfo suele pagarse con un precio devastador. La última partida está a punto de comenzar, y muy pronto descubriremos quién consigue sobrevivir cuando el fuego vuelva a cubrir los cielos de los Siete Reinos.

¿Y a vosotros qué os ha parecido el capítulo de esta semana? ¿Cuál será el desenlace de la Batalla que se avecina en Ladera? ¿Cuál será el siguiente paso del renacido Aegon Targaryen?

No os podéis perder el último capítulo de la temporada el próximo lunes en HBO Max

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