Antes, para estar cerca de tu artista favorito, tenías que ser fan, tener suerte o hacer una cola de ocho horas. Ahora existe un método bastante más sencillo: tener dos millones de seguidores en TikTok.
Tengo una pregunta.
¿En qué momento hemos decidido que los influencers son una especie humana superior?
Lo pregunto completamente en serio.
Porque últimamente tengo la sensación de que vivimos en una sociedad dividida en dos grandes grupos.
Los seres humanos normales.
Y los que tienen muchos seguidores en Instagram / Tik Tok.
Los primeros compramos entradas. Los segundos reciben invitaciones.
Los primeros hacemos cola. Los segundos entran por otra puerta.
Los primeros pagamos doscientos euros para ver un concierto. Los segundos aparecen caminando al lado de la artista.
Y encima después tenemos que abrir Instagram para ver el vídeo en el que nos cuentan lo increíble que ha sido la experiencia.
Gracias. No sé qué habría hecho sin saberlo.
La última demostración la tenemos en Madrid con Shakira.
La colombiana ha instalado prácticamente su propio universo en la capital con una residencia de doce conciertos de Las Mujeres Ya No Lloran World Tour.
Un acontecimiento enorme.
Miles y miles de personas.
Fans viajando desde otros lugares.
Entradas que cuestan un dinero importante.
Personas que llevan siguiendo a Shakira veinte, veinticinco o treinta años.
Gente que compró “Pies descalzos”. Que sabe perfectamente que Shakira existía mucho antes de Piqué, Bizarrap y las facturas de Hacienda.
Fans de verdad.
Y entonces llega el momento de la famosa “Caminata de la Loba”.
Shakira entra hacia el escenario acompañada de una comitiva de personas vestidas de plateado.
Una idea visualmente espectacular. Hasta aquí, maravilloso.
¿Quiénes aparecen?
Fans, sí.
Pero también artistas, famosos y, por supuesto, influencers.
Porque aparentemente en 2026 no puedes organizar un evento cultural sin meter a un creador de contenido por algún sitio.
Es obligatorio.
Debe de venir en el BOE.
Por la caminata madrileña ya hemos visto pasar a nombres como Chanel, Vicco, Lola Lolita, Paula Echevarría, Daniella Bustamante, Marta Díaz, Jedet, Mar Lucas y otros rostros conocidos.
Y las redes hacen exactamente lo que se esperaba de ellas.
Vídeos. Stories. Reels. Fotos. Contenido. Muchísimo contenido.
Todo perfectamente preparado para que al día siguiente no hablemos solamente del concierto.
Hablemos de quién caminó con Shakira.
Y ahí está precisamente mi problema.
¿Cuándo dejó de ser suficiente el público?
Porque entiendo perfectamente la estrategia.
No soy idiota.
Una influencer con millones de seguidores entra con Shakira, graba el momento, lo publica y automáticamente tienes millones de impactos publicitarios prácticamente regalados.
Marketing perfecto. Negocio redondo.
Lo entiendo.
Pero entenderlo no significa que tenga que gustarme.
Porque hay algo profundamente irritante en ver cómo la industria musical está creando una nueva primera clase dentro de experiencias que, paradójicamente, existen gracias a la gente que paga.
El fan compra la entrada.
El fan llena el estadio.
El fan compra el disco.
El fan escucha las canciones.
El fan paga el merchandising.
El fan viaja.
El fan reserva un hotel.
El fan lleva veinte años sosteniendo la carrera del artista.
Pero llega el momento exclusivo y alguien pregunta:
—¿A quién ponemos?
Al fan que lleva media vida siguiendo a Shakira.
No.
A la de TikTok. Que tiene engagement.
Claro.
Qué romántico.
Bad Bunny ya nos enseñó el camino
Y esto me recuerda muchísimo a lo que ocurrió hace unos meses con Bad Bunny.
Durante su residencia en Madrid tuvimos “La Casita”.
Otra idea estupenda.
Una réplica de una vivienda puertorriqueña integrada dentro del espectáculo donde Bad Bunny interpretaba parte del concierto rodeado de invitados.
¿Y qué ocurrió?
Lo previsible.
Empezaron a aparecer famosos.
Actores.
Futbolistas.
Celebridades.
Personas VIP.
Y aquello terminó generando una polémica bastante considerable porque algunos seguidores comenzaron a preguntarse por qué un espacio presentado casi como una fiesta íntima terminaba convertido en otro escaparate para personas que ya tienen acceso prácticamente a todo.
Hubo acusaciones de clasismo.
También críticas por los criterios de selección.
Y ahora Shakira llega a Madrid y, salvando las diferencias entre ambos conceptos, volvemos a encontrarnos con una sensación parecida.
La experiencia exclusiva.
La celebridad.
El influencer.
El contenido viral.
La validación.
Siempre la validación.
Porque ya no basta con hacer un concierto extraordinario.
Ahora el concierto tiene que ser importante en redes.
Tiene que haber una foto.
Un invitado.
Una sorpresa.
Un famoso.
Una influencer llorando.
Alguien grabándose diciendo:
“No puedo creer que me esté pasando esto”.
Yo sí puedo creerlo.
Tienes tres millones de seguidores.
Te pasan bastantes cosas.
La nueva aristocracia
Mi problema empieza cuando socialmente comenzamos a tratarlos como si tener seguidores otorgase automáticamente una especie de categoría superior.
Como si fueran más interesantes.
Más merecedores.
Más especiales.
Como si el número que aparece junto a su nombre en Instagram fuese una especie de sistema de puntos de ciudadanía.
Tú tienes 850 seguidores.
Humano estándar.
Ella tiene 4,2 millones.
Humano premium.
Acceso prioritario.
Copa de bienvenida.
Photocall.
Pase VIP.
Camina con Shakira.
Y después nos preguntamos por qué hay chavales obsesionados con conseguir seguidores.
Normal.
Les estamos enseñando que la popularidad digital tiene recompensa física.
Que si acumulas suficientes ojos mirando tu vida, las puertas empiezan a abrirse.
No porque seas mejor.
No porque hayas trabajado más que la persona que tienes al lado.
No porque ames más la música.
Sino porque eres útil publicitariamente.
Y eso me parece una distinción importante.
No te invitan porque seas especial.
Te invitan porque eres rentable.
Pero hemos envuelto el negocio en tanto “papel de plata” que hemos terminado confundiendo ambas cosas.
El influencer que va a todos los conciertos
Y luego tenemos uno de mis fenómenos favoritos.
El influencer omnipresente.
Ese ser mitológico que aparece absolutamente en todos los eventos importantes.
Taylor Swift.
Allí.
Bad Bunny.
Allí.
Shakira.
Allí.
Festival.
Allí.
Premiere.
Allí.
Entrega de premios.
Allí.
Restaurante nuevo.
Allí.
Presentación de perfume.
También allí.
Y uno empieza a preguntarse:
¿De verdad te apasionan todas estas cosas?
Qué vida interior tan fascinante.
Yo necesito descansar después de tres planes seguidos y tú aparentemente tienes una conexión emocional profundísima con todos los artistas, todas las marcas, todas las películas y todas las aperturas de tienda de este país.
Qué suerte.
Pero además ocurre algo maravilloso.
Todo es siempre un sueño.
“Cumpliendo un sueño.”
“Todavía no me lo creo.”
“Gracias por esta oportunidad.”
“Una noche que jamás olvidaré.”
Cariño, llevas cumpliendo diecisiete sueños esta semana.
A lo mejor ya no son sueños.
A lo mejor son compromisos de agenda.
Y no pasa nada.
Pero llamemos a las cosas por su nombre.
La validación se ha convertido en espectáculo
Porque detrás de todo esto creo que hay algo bastante más interesante.
La obsesión contemporánea por ser visto.
Antes queríamos vivir cosas.
Ahora queremos que los demás sepan que las hemos vivido.
Y hay una diferencia enorme.
Puedes estar al lado de Shakira.
Fantástico.
Pero parece que si no existe un vídeo vertical demostrando que estuviste al lado de Shakira, la experiencia pierde un 100% de su valor.
La validación ya forma parte del evento.
No basta con disfrutar. Hay que acreditar que disfrutaste.
No basta con ser invitado. Hay que enseñar la acreditación.
No basta con conocer al artista. Hay que subir la fotografía.
Y cuanto más inaccesible sea la experiencia para los demás, aparentemente mejor funciona.
Porque una parte del valor consiste precisamente en que tú estuviste allí y los demás no.
Ese es el combustible de buena parte de esta cultura.
La exclusividad.
Yo dentro. Tú fuera.
Yo con Shakira. Tú mirándolo desde la grada.
Yo invitado. Tú pagando.
Y después te vendo cercanía.
Maravilloso.
Y mientras tanto está María, fila 48
Pensemos un momento en alguien cualquiera.
Vamos a llamarla María.
María tiene 38 años.
Escucha a Shakira desde adolescente.
Compró “¿Dónde están los ladrones?”.
Ha ido a varias giras.
Se sabe canciones que probablemente algunos de los invitados no podrían terminar ni aunque les pusieras un karaoke delante.
Ha esperado años para volver a verla en España.
Compra su entrada.
Viaja a Madrid.
Paga el tren.
Paga el hotel.
Paga la comida.
Paga el merchandising.
Y se sienta en su localidad.
Mientras tanto, alguien con millones de seguidores recibe una invitación, entra por otra puerta y termina caminando junto a Shakira.
No porque necesariamente quiera más a Shakira que María.
Sino porque María tiene 412 seguidores y no interesa a ningún departamento de marketing.
Y aquí alguien me dirá:
“Es que los influencers generan promoción”.
Ya.
Lo sé.
Ese es precisamente el problema.
Que hemos aceptado el argumento comercial como si automáticamente anulará cualquier crítica.
Claro que generan promoción.
También un anuncio de televisión genera promoción y no por eso tengo que emocionarme con él.
Es publicidad.
Perfecto.
Digámoslo.
Pero no intentemos envolver permanentemente las campañas promocionales en una narrativa de espontaneidad, amistad, sueños cumplidos y experiencias mágicas.
Porque muchas veces detrás del “qué ilusión que estés aquí” hay alguien mirando estadísticas de alcance.
Shakira no necesita esto
Y quizá por eso me sorprende especialmente con Shakira.
Estamos hablando de Shakira.
Una de las artistas latinas más importantes de la historia.
Una mujer capaz de llenar doce conciertos en Madrid.
Una artista que está atrayendo público internacional y convirtiendo durante semanas una parte de la ciudad en su propio universo.
¿De verdad necesita que una influencer le valide el concierto?
¿De verdad necesitamos saber qué creador de contenido caminará hoy con ella para generar conversación?
Shakira tiene canciones.
Tiene historia.
Tiene talento.
Tiene espectáculo.
Tiene público.
Tiene treinta años de carrera.
Tiene literalmente generaciones de personas que han crecido escuchándola.
No necesita convertir la entrada al escenario en los premios Ídolo.
Y ojo, me parece estupendo que invite a artistas.
Que aparezcan compañeros de profesión.
Que entren personas importantes para ella.
Que haya fans.
Que existan sorpresas.
Todo eso forma parte del espectáculo.
Lo que me cansa es esta obsesión industrial por colocar siempre a las mismas personas visibles en todos los lugares visibles.
Porque al final la supuesta exclusividad termina siendo tremendamente aburrida.
Siempre las mismas caras.
En el concierto.
En la premiere.
En el festival.
En la fiesta.
En el viaje de marca.
En primera fila.
En backstage.
En todas partes.
Luego nos hablan de comunidad.
No sois mejores que nadie
Y aquí llego a lo que realmente me molesta.
La sensación de superioridad que hemos construido alrededor de la fama digital.
No.
Tener millones de seguidores no te convierte en una persona más importante.
Te convierte en una persona con millones de seguidores.
Punto.
No eres más humano.
No eres más interesante automáticamente.
No mereces vivir experiencias mejores que los demás por derecho natural.
Y, sobre todo, no eres más fan porque una marca o una promotora haya decidido que tu presencia genera impresiones.
Hay gente completamente anónima que lleva veinte años sosteniendo carreras musicales.
Sin stories.
Sin photocall.
Sin acreditación.
Sin que nadie le regale nada.
Simplemente comprando discos, entradas y canciones.
Esas personas son la razón por la que existe el espectáculo.
Conviene recordarlo de vez en cuando.
Que camine la gente que te trajo hasta aquí
Y por eso, si yo fuera Shakira, tendría clarísimo qué haría con esa caminata.
Cada noche elegiría mayoritariamente a fans.
Pero fans de verdad.
La mujer que viajó desde Colombia para verla.
El chico que guarda una entrada de 2003.
La madre que escucha sus canciones con su hija.
La persona que ahorró durante meses para poder ir.
El fan que conoce hasta aquella canción que Shakira probablemente preferiría que hubiésemos olvidado.
Historias.
Personas.
La famosa “manada” de la que tanto habla el espectáculo.
Eso sí sería emocionante.
Eso sí generaría vídeos que me interesaría ver.
Y sí: la propia dinámica también incluye algunos fans seleccionados y Shakira ha tenido gestos preciosos durante la gira con seguidores concretos. Sería injusto ocultarlo.
Precisamente por eso resulta todavía más evidente que se puede hacer de otra manera.
No necesito ver por decimoquinta vez a alguien famoso viviendo una experiencia inaccesible.
Ya sé que los famosos conocen famosos.
La noticia sería que alguna vez no ocurriera.
El problema no es Shakira, o si.
Y al final esta columna ni siquiera va realmente contra Shakira.
Ella es simplemente la fotografía perfecta de algo mucho más grande.
Bad Bunny tuvo su Casita.
Shakira tiene sus caminantes.
Otros artistas inventarán otra cosa.
Porque la industria ha descubierto una fórmula extraordinariamente rentable:
hacer que el público pague por mirar cómo personas privilegiadas reciben privilegios.
Y nosotros encima lo grabamos.
Lo compartimos.
Lo comentamos.
Preguntamos quién estará mañana.
Convertimos el privilegio en contenido y después el contenido vuelve a justificar el privilegio.
El círculo perfecto.
Quizá algún día nos cansemos.
Quizá recordemos que un concierto debería consistir fundamentalmente en un artista y su público.
No en demostrar quién tiene acceso a qué.
Quizá dejemos de tratar a los influencers como una aristocracia digital que necesita una zona reservada en cada acontecimiento cultural.
O quizá no.
Quizá dentro de cinco años para entrar en un concierto tengamos dos colas.
Seguidores.
Y seguidos.
Los primeros, por la puerta lateral.
Los segundos, alfombra roja.
Mientras tanto, yo seguiré teniendo una pregunta bastante sencilla.
Si son los fans quienes compran las entradas, llenan los estadios y mantienen durante décadas la carrera de un artista…
¿por qué cuando llega el momento más exclusivo siempre parece haber alguien más importante que ellos?
Pensarlo está bien. Decirlo es mejor.








